• marzo 4, 2013
  • TIPS

Pompeya, la alegría de vivir

por Cósimo de Monroy

Mira el perro, tío Cósimo, ¡se ha quedado tieso! Pelayo y Rodrigo, los hijos de mi hermana Simoneta, se partían de risa ante el molde de escayola. Con las patas hacia arriba y la cabeza retorcida, el estertor del animal rozaba el absurdo. Los niños no percibían la tragedia. Sonreí.

Había pensado que la exposición de Pompeya les gustaría. A su edad me había sentido fascinado por las villas del Vesubio. Mi tío Guido, hermano de mi madre, me llevaba allí a menudo las navidades que pasábamos en Nápoles.

Imaginaba las ruinas, frías e inhóspitas en aquella época del año, como imágenes de un pasado remoto, congeladas en el tiempo. Un paisaje lejano, hasta que Heather lo despertó.

Please sir, follow the group, exclamó dirigiéndose a mí en el caldarium de las termas. Yo, por supuesto, no iba en ningún grupo. Acababa de terminar el curso en la facultad y había decidido quedarme unos días en Nápoles. Mi familia, como todos los veranos, se había trasladado ya a las tierras de Otranto, en la costa de Puglia.

Aquella mañana, de camino a Sorrento, me había detenido unas horas en Pompeya.

Sorprendido por la voz que surgió de aquella frágil figura de ojos claros y melena rubia, me uní al grupo de turistas americanos. Era muy bella. Con la cabeza ligera y algo desorientado, la seguí en su recorrido por la via dell’Abbondanza.

Sus palabras, como cantos de sirena, dirigían mi atención y mis movimientos. Me sentía embrujado. No soy consciente de cuánto tiempo pasó hasta que, en el anfiteatro, el encantamiento tocó a su fin. El circuito había terminado.

Sabías que no era del grupo, ¿verdad?, pregunté. Sí, sonrió, pero me gustó tu aspecto despistado. Caminamos hacia la salida. No tenía coche. ¿Te apetece un chapuzón en Sorrento?, propuse entre la avalancha de tour operators. No lo dudó. Pero no tengo traje de baño. No te importa, ¿no? Por supuesto, no me importó.

En el viejo Alfa Spider que había sacado del garaje de mi tío llegamos al extremo de la bahía. Entre las rocas se abría un círculo azul intenso. Descendimos, haciéndonos paso entre la vegetación. Acalorados, nos zambullimos.

Con brazadas precisas Heather se dirigió al exterior de la cala. ¡Ven Cósimo!, es maravilloso, gritó. ¡Una villa romana al borde del mar! Las estructuras se alzaban en una península rocosa.

Adoraban las vistas, comentó, fascinada. Una villa marítima, pura sofisticación, ¿verdad?. Nunca me había planteado qué significaban aquellos bloques de ladrillo. Habían estado siempre allí. Con Heather comencé a sentir en ellos una promesa de iluminación.

Comimos unos linguine polipo e cipolle en una terraza emparrada sobre el mar. Me contó que estaba terminando arqueología en Columbia. Había llegado a Nápoles con una misión de la universidad para excavar en Stabia. La sopraintendenza les había denegado un permiso y los trabajos se habían detenido. De momento, se mantenía con los grupos.

Muy americano, pensé. Yo había comenzado ya tres carreras dejándolas al segundo año. Su seguridad me hacía sentir incómodo. Percibiendo mi flaqueza, avanzó. Bueno ¿qué?, ¿vas a ejercer de guía para la ragazza americana? Si me gusta el tour, quizás te permita seducirme, dijo irónica, mirándome a los ojos.

Tú eres la arqueóloga, contesté. Te cambio una tarde de ruinas por la mejor pizza de Nápoles. Sonrió, pensativa. Ok, pero más te vale que sea buena.

Ascendiendo desde Sorrento, llegamos a la colina sobre la que se alineaban, en terrazas, las villas romanas de Stabia.

Nunca había estado allí. Los salones se sucedían, en hilera, sobre la bahía. El Vesubio, amenazante, cerraba el paisaje a la derecha. A room with a view, dijo Heather, sonriente. Tenías toda la razón, afirmé, sabían apreciar una buena vista.

Pero fue en la villa de Popea en Oplontis donde se manifestó, deslumbrante, el mundo que se escondía tras las ruinas.

En los delicados estucos, en la explosión de colorido en cada muro, en las pequeñas termas privadas, recogidas en torno a un patio, o en la sombra de los pórticos, se respiraba el hedonismo de una vida basada en el placer de lo cotidiano.

No estás aquí, ¿a qué le das vueltas?, preguntó Heather mientras contemplaba, ausente, las pinturas del atrio. Su preocupación me enterneció. La cogí por la cintura y la besé. Creo que acabo de comprenderlo todo, contesté.

Herculano surgió bajo una nueva luz. Ante mis ojos se reveló el espíritu latente en patios porticados, fuentes, jardines, esculturas y mosaicos. Un espíritu que hablaba de cálidas tardes de lectura frente al jardín, de conversaciones en el diván, de cenas que se prolongan sobre copas de plata, a la luz de altos candelabros.

Con la lúcida consciencia de que algo había cambiado, nos internamos en la ciudad. La pizza de Trianon, con un fresco pinot grigio, no defraudó. Bueno, ya no hace falta que te seduzca, ¿no?, sonreí. Perdone, signore Monroy, pero creo que quien le ha seducido a usted he sido yo, respondió, provocadora. Tenía razón. Reímos. De acuerdo, contesté, pero ahora sí que me toca hacer de guía.

La llevé a la villa de mi familia en Posillipo. Desde la carretera, tras atravesar la verja, un camino descendía sobre el mar. Dejamos el coche y bajamos las escaleras hacia la costa. Dos grandes columnas romanas de mármol verde marcaban una superficie enlosada, rodeada de cipreses, que terminaba sobre el mar.

¡Tienes un ninfeo en el jardín!, exclamó Heather. La hice callar con un beso. La noche era cálida. El silencio sólo se interrumpía por las leves olas que chocaban contra el embarcadero. Sobre las amplias tumbonas hicimos el amor, todas las noches, durante aquel julio interminable, en el que descubrí, entre las ruinas, la alegría de vivir.


Plan Cósimo


Si vais a visitar Nápoles, ante todo, un consejo. Si sólo tenéis tiempo para una visita arqueológica, recomiendo siempre visitar Herculano. Desafortunadamente, Pompeya ha caído víctima de su fama. La avalancha de público, los requisitos de conservación y los recortes, han llevado a que la mayor parte de las casas estén cerradas. Conviene informarse en la web de la sopraintendenza, pompeiisites.org.

A pesar de todo esto, un paseo por Pompeya sigue siendo fascinante. Yo me quedo con los frescos de la Villa de los Misterios, la Casa de Menandro (me colé un día dándole una propina a un guarda, es una de las que están cerradas), los estucos de las Termas Estabianas y los graffiti de la via dell’Abbondanza. Las maravillosas Casa de los Vetii, y de los Dioscuros también suelen estar cerradas al público.

La visita a Herculano es mucho más íntima. El yacimiento se capta con un golpe de vista y tiene menor afluencia de público. Su excavación fue posterior a Pompeya. Con técnicas más avanzadas se han conservado íntegras muchas de las edificaciones. Entrar y salir de casas y peristilos, o simplemente callejear, es una experiencia única. No os perdáis el mosaico de la fuente de la Casa de Neptuno y Anfítrite y las tabernae.

Pero mi favorita es la Villa de Popea (perteneció a la familia de la esposa de Nerón) en Oplontis. Hoy rodeada de bloques de apartamentos, fue una villa campestre al borde del mar. Gracias a una cuidadosa excavación se han conservado moldes en yeso incluso de las contraventanas de madera, entornadas tal y como quedaron el día de la catástrofe. Su visita es un auténtico viaje en el tiempo.

Por su enclave y la maravillosa vista, merece la pena una visita a las villas de Stabia, más difíciles de encontrar e ignoradas por el público. Excavadas en el siglo XVIII, cuando se extrajeron las pinturas que las decoraban (hoy en el Museo Arqueológico de Nápoles) su conservación no es tan buena. Pero en ellas es fácil revivir el sofisticado concepto que las alumbró, paseando por su larga terraza sobre la bahía.

En el Plan conduzco un Alfa Romeo Spider Veloce del 59. El garaje de mi tío siempre guardaba estupendas sorpresas. A Heather la llevé a una cala encantadora, los Bagni della Regina Giovanna, en el extremo del Cabo de Sorrento. Se encuentra en un parque arqueológico donde se alzan los restos de la Villa de Pollio Felice, las románticas ruinas de una villa marítima. De vuelta comimos en Bikini, con una maravillosa vista sobre el mar. Para los que queráis alojaros en la zona Sorrento, recomiendo el Relais Blu, en Massa Lubrense o, en el propio Sorrento, La Minervetta.

Hay dos restaurantes que ostentan el título a la mejor pizza de Nápoles. Dos locales populares y con precios muy razonables. El primero, y más antiguo es Da Michele, donde sólo sirven Margarita y Marinara. Yo, personalmente prefiero la pizza salsiccia de Trianon. A pesar de su nombre, poco atractivo, es una obra maestra, y el local tiene mucho encanto. El pinot grigio es un blanco ligero, sencillo y agradable en verano. Un comodín que suele funcionar. En Madrid se puede encontrar en la vinoteca de Quartetto Rossini.

Créditos: Pompeya, con Vesubio al fondo, por Malkav; Bóveda de Termas Estabianas, por nina volare; Alfa Romeo Spider Veloce del 59, por gamma man; Bagni della Regina Giovanna, por Fiore S. Barbato; pintura mural Stabia, por paul and jill; columnata del peristilo de la Villa de Popea en Oplontis, por david holt london; mosaico de la Casa de Neptuno y Anfítrite, en Herculano, por ell brown; pintura moral con amantes, Casa del Epigrama, Pompeya, de Wikimedia Commons; peristilo de la Casa de Menandro, en Pompeya, por Malkav; pintura mural con pomelos, de Oplontis, de Wikimedia Commons.


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