Ala de ave, Durero

6 mayo 2014

¿Por qué me gusta Viena?

Viena ha sido para mí una vocación tardía. Y como todas las vocaciones tardías, es intensa.

A salvo de los estragos de Sisí, guardaba la esperanza de encontrar la decadente Viena de Zweig. Una ciudad de húsares inocentes, banqueros judíos y damas apasionadas.

No me defraudó. A pesar del empeño de las autoridades en sacar brillo y pulir los dorados, la pátina resiste.

La memoria influye. La ciudad es un palimpsesto que guarda pasos, acordes, palabras y miradas con fervor. Para un mediterráneo tendente al olvido este ejercicio en ocasiones roza el absurdo. Tratar de evocar a Mozart en una serie de habitaciones medio vacías con la ayuda de una audioguía fue para mí una tarea imposible, pero el fetichismo histórico manda.

Los siglos eclecticismo imperial también. La carga estética y hedonista de un imperio excesivo, propenso a los fastos cortesanos y al capricho arquitectónico ha marcado la ciudad.

Pero todo esto es muy abstracto. Es necesario volver atrás, pasear por los bulevares del Ring y preguntarme ¿por qué me gusta Viena? Aquí algunas de mis razones.

Por el Albertina. Un museo único, formado en la segunda mitad del XVIII por el Duque Alberto. Masón, librepensador y gran amante del arte, reunió una excepcional colección de dibujo. Anatomías de Miguel Ángel, bocetos de Brueghel, rostros infantiles de Rubens y, sobre todo, Durero. Porque además de la omnipresente liebre, es aquí donde está la maravillosa ala de ave. El orgasmo estético está asegurado.

Porque en la ópera el público aplaude tras cada aria, y eso da gusto viniendo de la forzada impostura del Teatro Real. Además, resulta de lo más refrescante ver a Verdi (el eterno exiliado de la programación) con una puesta en escena canónica (doble pecado). Cuando lo clásico resulta más rompedor que lo actual deberíamos revisar lo que estamos haciendo.

Por el derroche museístico general. Y pongo un ejemplo: el Kunsthistorisches. Un museo desbordante, en el que caben Arcimboldo, la Infanta Margarita en azul, una armadura del XV, el Atleta de Éfeso y clavicordios barrocos. Y lo más sorprendente es que se exponen con un criterio museístico que no sólo ayuda a ver, sino a comprender. Y no es el único. Hay joyas como el Hofmobiliendepot, la institución que gestionaba el mobiliario de una corte itinerante, con montajes sorprendentes, o el espacio delirante de la Prunksaal, en la antigua biblioteca del Hofburg.

Por la Wiener Werkstätte, institución precursora de la Bauhaus en versión libre. Muy ligada a la Sezession y su concepto de arte global, fue fundada en 1903 por artistas que, como Josef Hoffmann, Koloman Moser o Dagobert Peche, se dedicaron a crear un nuevo concepto de diseño. El resultado fueron piezas de una gran sofisticación estética. Si tengo que elegir me quedo con las cuberterías de Hoffman y los disparatados muebles y estampados de Peche. En las salas Viena 1900 del MAK lo tenéis todo (o casi todo).

Por el Café Sperl. Porque en Viena los Cafés son otra cosa. Una cultura que ha subsistido a las modas y a la especulación. Hay para elegir. El Landtmann, para los aficionados al lujo; el Frauenhuber, clásico y tranquilo; el Hawelka, bohemio; el Korb, muy 60s, y el Delias, con aire pop. Pero yo me quedo con el Sperl y su ambiente decimonónico. Un lugar donde leer, hablar y probar las deliciosas tartas vienesas. El mundo no acaba en la Sacher.

Y por Messerschmidt, escultor de la corte de María Teresa que, tras una enfermedad mental, se retiró a su pueblo de Baviera a crear sesenta y cuatro bustos que representan las expresiones humanas. Sujeto a alucinaciones, creyente en la necromancia y asiduamente visitado por Hermes Trimegisto, Messerschmidt recreó en piedra el imaginario de un loco. El Pico, el Idiota, el Vómito o un Olor Intenso reflejan rostros cómicos que van más allá que cualquier tratado de fisiognomía. Una sombra en la Historia del Arte que vale la pena conocer. Lo encontraréis en el Belvedere.

Imagen: Ala de ave, Durero, Albertina, Wikicommons Media

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