• abril 1, 2013
  • TIPS

La primavera romana de Simoneta

por Simoneta de Monroy

La primavera se había adelantado en Roma. Mi madre dijo que era lo normal, pero tras el invierno madrileño la húmeda tibieza del aire actuó sobre mí como un bá­lsamo.

Nada más llegar, solté las bolsas en el Hotel d’Inghilterra y me lancé a la calle, dispuesta a beberme de un trago toda aquella calidez. Caminando por Via Borgognona, me sentí libre. Gabino se había quedado con los niños. Estaba de vacaciones.

Habitualmente es mi hermano Cósimo quien acompaña a mi madre a los festejos de la Orden de Malta, pero esta vez había tenido que acudir a Biarritz a socorrer a Casto que, para variar, se había metido en un lío. Así que, salvando un par de cenas de gala y alguna visita de compromiso, disponía de cuatro días para mí sola.

Me estrené sacando humo a la tarjeta en Alberta Ferretti, compré tres pares de guantes (en ningún sitio los hacen como en Roma) y terminé con un vestido en Pucci que me volvió loca.

De vuelta al hotel, feliz con mis compras, me di un baño de lo más exuberante, y pensé con tranquilidad qué modelito lucir en la recepción de la Orden en Via Condotti. Con un Valentino vintage rojo me vi estupenda.

Recogí a mi madre en su suite. Se enfadó porque le dije que iba como un árbol de navidad. La tiara me parecía un poco excesiva. Hija, pero si no me lo pongo aquí, ¿cuándo me lo pongo? Bien que te gustó llevarla el día de tu boda. Sabía como hacerme callar.

Llegamos tarde al Palazzo di Malta. Los salones estaban abarrotados.  Mi madre se perdió nada más entrar con una anciana aún más enjoyada que ella. Mientras localizaba a algún conocido entre la muchedumbre, oí una voz grave a mi lado. La belleza no debe estar sola. Me giré, y contuve la respiración.

Era un italiano de esos que ves en una revista y piensas que no existen. Debía rondar los cuarenta. Moreno, con alguna cana, ojos azules, y cuerpazo.

Me quedé mirándole como una idiota mientras alargaba la mano. Príncipe Carlo Colonna. La hija de la Principessa Scarpa, ¿verdad? Asentí. Y hermana de Cósimo. Me gusta más la versión femenina. Le contesté con una sonrisa.

Era obvio que me estaba seduciendo, y me dejé querer. La situación me divertía. Se acababa de separar de Giulia Orsini, su segunda mujer, y se estaba aún recuperando del (según él) duro golpe. Se le ve de lo más traumatizado, pensé, y sonreí.

Al día siguiente salí sola a pasear. Mi madre había comenzado su interminable tournée de visitas, y hacía un día radiante. Tras vagar un rato con mi look más Audrey (de negro, con bailarinas y pantalones pitillo), me encontré frente al Panteón.

Entré. La luz caía vertical desde el óculo, iluminando la cúpula. No había mucha gente. Aquel espacio siempre generaba en mí un efecto hipnótico. Creí oír un eco de la noche anterior. La belleza no debe estar sola. Carlo. No era un eco. No pude evitar una risa.

¿Cómo lo has hecho?, pregunté. No te he visto acercarte. Sonrió. ¿Vienes aquí en tus ratos libres? Me contestó que era arquitecto, y que en este lugar encontraba inspiración. Qué valor, pensé. Insistió en invitarme a comer. Accedí.

Carlo tenía una anécdota familiar o un suceso inaudito para cada rincón de la ciudad. Frente al Elefante de Bernini me habló de su significado esotérico, pero la trompa hizo surgir en mi cabeza otro tipo de asociaciones. Contuve la risa. No se dio cuenta, le gustaba escucharse.

Comimos unos cacio e pepe perfectos en Roscioli y paseamos. Café en Sant’Eustachio, Campo de Fiori, Piazza Farnese, el Ponte Sisto, Trastevere.

Su tono, sensual y ambiguo, el tacto de su mano, segura sobre mi hombro, sutil en mi cadera, socavaron a lo largo del recorrido mis reticencias. Consciente de que me estaba metiendo en un lío, acepté al embaucador, y me dejé acariciar por sus palabras.

La última parada era el Palazzo Colonna. No soy fácilmente impresionable. El palazzo Scarpa de Nápoles tiene difícil  competencia. Pero el inesperado espacio de la Galería me sobrecogió.

Una botella de champagne nos esperaba en un cubo de plata. Sirvió dos copas. I didn’t know what time it was, de Billie Holiday, sonaba lejana y hueca en el gran salón. ¿Baila, principessa? El guión era perfecto. ¿Quién podría resistirse? Y bailé. Entre sus brazos, sentí el derrumbe de mi última barrera. No fui capaz de resistirme a sus labios. Y caí.

Ya de noche, me llevó al hotel. Aún ebria de la intensidad del día, subí a mi habitación. Me llamó mi madre, ¿dónde has estado?, no contestabas al móvil. Me he encontrado con unas amigas de Madrid y he estado con ellas por ahí, mentí.

El día siguiente lo pasé con ella. No respondí a las llamadas de Carlo. En la Gallería Borghese, frente a la sensualidad del Rapto de Perséfone, pensé, si Hades hubiese sido italiano, no le habría hecho falta tanto número. Con un suspiro, recordé sus manos.

Volví a ver a Carlo en la ceremonia que se celebró en la Iglesia del Priorato, en el Aventino. Yo de negro, con mantilla y las perlas de mamá. Él con hábito de caballero que, aunque a Cósimo le entusiasma, no resulta nada favorecedor. Nos miramos, y sonreímos. A mi madre, siempre suspicaz, no se le escapó.

En la cena de gala que se celebró en el Palazzo Doria, Carlo no me quitaba los ojos de encima. Acabó por hacerme sentir incómoda, como una mariposa clavada con un alfiler. Logré escabullirme a la escalinata unos minutos con él para poner las cosas claras.

Carlo, pasamos un día maravilloso y guardo un dulce recuerdo, le dije, pero mañana vuelvo a Madrid. Dejémoslo así. Como buen italiano no se dio por vencido. Sólo hay un problema Simoneta, me he enamorado, ¿quieres ser la principessa Colonna? Podemos ser muy felices, lo supe desde el primer momento.

Mira, Carlo, contesté, eres muy mono pero ya hay demasiados príncipes en la familia. Con mi madre y mi hermano creo que tengo bastante. Logré arrancarle una sonrisa. Soy feliz con mi vida. No quiero que cambie, concluí. Le di un beso y volví al baile. Al cabo del rato le vi entrar. Sonriente, cogió una copa y se puso a charlar con una belleza local. Imaginé como terminaría la conversación.

La mañana siguiente, de camino al aeropuerto, antes de embarcar hacia Nápoles, mi madre comentó. Muy guapo ese Colonna, ¿verdad? Me miró. Espero que no vayas a hacer una tontería, afirmó en tono severo. Máma, contesté sonrojada, a veces tienes unas cosas…

Sentada en la butaca del avión, pensé en mi día con Carlo. Lo sentí lejos. Gabino me estaría esperando en el aeropuerto. Recordé la cena que tenía que organizar el martes para Leo y Camila, la revisión médica de los niños del jueves, y el sofá danés de Tiempos Modernos que llegaría esta semana. La normalidad me resultó refrescante, y me sentí insospechadamente feliz.


Plan Cósimo


Simoneta y mi madre se alojan en el Hotel d’Inghilterra, clásico donde los haya, en Bocca di Leone. A mí, entre los hoteles de lujo, me gusta más el Raphaël, detrás de Piazza Navona. El Inn at the Spanish Steps, con una maravillosa situación en Piazza de Spagna y las Suites Gigli d’Oro, cerca de Navona, con precios entre 200 y 300€, son buenas opciones. El Relais Palazzo Taverna ofrece buena calidad-precio (sobre 120€) en una calle que me encanta, via dei Coronari, donde se concentran muchos de los anticuarios de la ciudad.

Al llegar, mi hermana Simoneta se da una vuelta por la zona de Via Condotti. Via Borgognona, paralela, y Via del Babuino, hacia Piazza del Popolo ofrecen tiendas más actuales y hallazgos interesantes, como el Atelier de Canova, donde se puede comer o tomar un café junto a los grandes yesos del escultor. Entre la nutrida oferta de guantes de la ciudad, Simoneta se detiene en Sergio di Cori, en Piazza di Spagna, donde la variedad cromática del cuero resulta abrumadora. Si estáis por la zona a la hora de comer, no lo dudéis, id a  Nino. Un local con todo el encanto de los cincuenta y muy buena cocina.

Simoneta y Carlo se encuentran en el Panteón. Si hubiese que visitar un solo monumento en la ciudad, elegiría sin duda la cúpula de Adriano. Conviene ir a primera o a última hora. Suele estar muy concurrido. El elefante de Bernini, frente a Santa Maria sopra Minerva, está justo detrás. La iglesia alberga el Cristo Redentor de Miguel Ángel y las bellísimas pinturas de Filippino Lippi de la Capilla Caraffa. Atención a los maravillosos monumentos fúnebres de mármoles polícromos en los pilares. Comen en Roscioli, el restaurante donde se sirve el mejor cacio e pepe y carbonara de la ciudad.

El Palazzo Colonna sigue siendo residencia familiar de los príncipes. Cuando entra Simoneta suena I didn’t know what time it was, de Billie Holiday. Al público, la galería abre únicamente los sábados de nueve a una y cuarto, así que si estáis allí el fin de semana, dadle prioridad, vale la pena. Cercano, el Palazzo Doria-Pamphilj es un impresionante edificio que, en sus salones, alberga una colección única, en la que figuran el Inocencio X de Velázquez y numerosos Caravaggios.

El Palazzo di Malta en via Condotti, sede de la Orden desde el siglo XIX, no es visitable. Tampoco está abierta al público Santa María del Priorato en el Aventino y el palacio anexo, única iglesia construida por Piranesi. Pero desde el famoso ojo de su cerradura se contempla una sorprendente vista de la Basílica de San Pedro. Los Caballeros de Malta visten una cruz blanca sobre un hábito negro, como muestra el retrato realizado por Caravaggio.

Créditos: Piazza de Spagna en primavera, por Rome Cabs; Roma, atardecer, por Moyan_Brenn; Cruz de Malta e Inocencio X, de Velázquez, y jardín de Santa María del Priorato, de Wikimedia Commons; Cúpula del panteón, por PictFactory; imágenes cortesía de la © Galería Colonna y de la © Galería Doria-Pamphilj; Via Bocca di Leone, cortesía del Hotel d’Inghilterra.


COMPARTIR

SUSCRÍBETE VÍA EMAIL

Lo último en Cosimo

Sígueme en facebook

Sígueme en twitter