• septiembre 16, 2013
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Puglia, el laberinto del deseo

por Cósimo de Monroy – Con banda sonora (haz click en los links en naranja)

I

Había llegado a Puglia huyendo de Madrid. Mi ánimo no había logrado mantenerse a flote frente a una desafortunada combinación de reveses financieros y tensiones familiares. Cuando mi amigo Pier Paolo me ofreció su casa de Peschici, un pueblo blanco en la costa del Gargano, no lo dudé.

Allí, en las calas, en la Foresta Umbra, en la terraza sobre el acantilado inundada por la brisa del mar, respiré.

A menudo salía a navegar con la motora de Pier. Aquel día, sorteando grutas y farallones, anclé en las aguas turquesas de la Bahía delle Zagare.

Alcancé la playa a nado. Al llegar a la orilla me detuve, sorprendido ante la escena. Bajo el sol de la tarde una multitud vestida de cocktail reía y bailaba sobre la arena. Una banda tocaba música napolitana.

Me acerqué. Un camarero me ofreció un mojito. Sonriente, una víctima del bótox se acercó a mí. ¿Eres amigo de Baltazar?, preguntó. Antes de que alcanzase a responder, las voces se suspendieron. Un tenor comenzó a cantar Core ‘Ngrato. Las miradas giraron.

Una figura surgió del agua. Su piel brillaba con una palidez luminosa, ajena al sol. El cabello dorado y unos profundos ojos azules transmitían al rostro una belleza turbadora. Se detuvo. Dos doncellas vestidas de blanco la cubrieron con una túnica.

Me miró y se dirigió hacia mí. Cósimo, no esperaba verte por aquí. Mi mente saltó hacia la niña que jugaba con nosotros en los jardines de la villa de Posillipo. Eleonora di Sangro. No podía ser ella.

Sentí su mano sobre mi hombro. Un ligero temblor alteró su tacto. Sus pechos, firmes bajo la túnica, me rozaron con suavidad.

Se acercó un chico moreno de cuerpo atlético y ojos claros. Aldo, creo que el Príncipe Scarpa tiene sed, dijo sin levantar la mirada. Aldo se retiró. Volvió con dos copas de champagne. Bebimos. Su voz era cálida. Oscurecía. Mi mente se había comenzado a nublar. Decidí darme un baño.

Caminaba con el agua a la cintura cuando alguien se lanzó sobre mí, haciéndome caer. Era Aldo. Cuando logré resurgir, desorientado, Eleonora me aprisionó con las piernas por la espalda. Desnudos, reían.

Me revolví, pero no estaban dispuestos a dejarme ir. Mi traje de baño desapareció. En la penumbra, me sentí como una presa atacada por los lobos. Lanzando golpes y dentelladas logré escapar. Jadeando, llegué a la orilla y me cubrí con un pareo.

Me senté sobre la arena. La playa se había llenado de antorchas. Angel Eyes, de Ella Fitzgerald, sonaba en la distancia.

Sentí una ambigua perversidad en lo sucedido. Algo oscuro palpitaba en Eleonora. Debatiéndome entre el rechazo y el deseo, suspiré. Un leve ahogo se extendió desde mi pecho. Mis manos temblaron unos segundos sobre la arena. Cedí. Venció el deseo.

En la penumbra vi acercarse a un hombre alto con chaqueta blanca. Le acompañaba un sirviente con un haz iluminado. Su sombra, delgada y fluctuante, se reflejaba sobre la arena.

Baltazar Fuchs se sentó a mi lado. Fijando sus ojos grises en el horizonte comenzó a hablar. Eleonora le menciona a menudo. Lo tomé siempre como una obsesión de infancia. Pero aquí está, salido del mar como Poseidón. Fue un capricho excéntrico, Eleonora. Imposible de satisfacer. Un aire cínico permeaba su voz.

Se detuvo un instante. Únase a nosotros, dijo con énfasis. Llevarán su motora de vuelta a Peschici. Se levantó. Y no se preocupe por vestirse. Pronto todos comenzarán a desnudarse.

Le contemplé alejarse. No necesitaba su invitación, Herr Fuchs, pensé. Recuperando la serenidad, me observé. Sonreí. Estaba cubierto de arena. Me quité el pareo y me sumergí en el agua. Sintiendo la tibieza del mar, decidí unirme a la fiesta.

II

Los últimos ecos de la orquesta se apagaban en la playa cuando una motora me llevó con Eleonora y Baltazar a un gran velero de madera oscura.

Subimos a bordo. Eleonora dejó caer la túnica sobre el cuero azul de los asientos de popa. Su desnudez brillaba bajo la luna. Aldo nos sirvió champagne. Siempre guardo el Krug para la última, dijo Baltazar. En su mirada se percibía una turbia morbosidad.

Acércale la botella, ordenó. El contacto gélido hizo temblar la piel de Eleonora. Me miró. Se acercó y soltó mi pareo. Me besó. Mi excitación crecía. Baltazar nos miraba mientras Aldo le servía otra copa.

Vamos Eleonora, el Príncipe Scarpa merece algo mejor, exclamó. Me cogió de la mano y se dirigió al camarote. Baltazar nos siguió. Vestido, se sentó en un sillón.

Me tumbé sobre la cama envuelto en su piel. Sentí a Aldo, desnudo, tras ella. Su ancho torso cubrió su espalda. Nos rodeó con sus brazos. Eleonora, aprisionada entre los dos, parecía ahogarse.

El abrazo de Aldo se tensó. Sus gemidos se hicieron convulsos. Los movimientos adquirieron un tono vibrante, salvaje. Un sonido primario surgió de su garganta. Ahogado en una marea profunda y oscura, me vertí. Eleonora colapsó sobre mí, exhausta. Baltazar aplaudió. Sus ojos grises brillaban.

Me desperté solo en la cabina. Encontré mi ropa dispuesta en el vestidor. En cubierta Aldo me sirvió un café. Los señores le esperan en tierra, me comunicó.

Mientras apuraba la taza de Limoges, me contó que había crecido en el barrio español de Nápoles. Mi abuelo había ayudado a su familia tras la guerra. Mi madre aún reza por él, dijo con una sonrisa. ¿Cómo has acabado con el señor Fuchs?, pregunté. Es el capo, él manda, contestó encogiéndose de hombros.

Una zodiac me llevó a un trabucco, una tradicional estructura para la pesca suspendida sobre el mar. En la terraza, habilitada tras los largos brazos de madera, se había dispuesto un brunch. Baltazar me otorgó una teatral inclinación.

Nadie parecía interesarse en comer. Bajo las notas de un barroco concerto grosso de Locatelli reinaba el bloody mary.

Eleonora me presentó a personajes de nombres absurdos. Clotilde de Crécy, el Conde Bering y Marleta Riventhal se sucedían aportando un imparable flujo de conversación. Pero la brillante escena se interrumpió. Una pareja de japoneses se asomó a la puerta. Fascinados y sonrientes sacaron sus cámaras, dispuestos a fotografiar aquella bizarra puesta en escena.

Sin dudarlo, los guardaespaldas que nos servían a torso descubierto se las arrancaron y, de un golpe, las lanzaron al mar. El japonés, enfurecido, comenzó a gritar. Un gesto de Baltazar bastó para que fuese derribado. Ambos fueron arrastrados hasta el borde de la plataforma y, tras golpearles, les lanzaron al mar. Los asistentes comenzaron a reír.

Había contemplado el incidente sobrecogido. Estupefacto, miré a mis sofisticados compañeros de brunch. Continuaban sus conversaciones como si nada hubiese ocurrido. Me he metido en la boca del lobo, pensé. Tengo que salir de aquí.

Me encaminé hacia la puerta, dispuesto a desaparecer. Pero mi retirada no pasó desapercibida. Príncipe, no nos irá a abandonar aún, dijo Baltazar, alzando el tono para que todos le oyesen. Uno de los guardaespaldas bloqueó la salida. Por supuesto que no, contesté. Murmuré una excusa y sonreí. Estaba atrapado.

Eleonora se acercó a mí. Lo siento Cósimo, Baltazar no permite que le contradigan. En su expresión se apreciaba una leve huella de tristeza. Un camarero con el pecho cubierto de tatuajes me ofreció un bloody mary. Te sentará bien, me dijo, besándome en la mejilla.

Me apoyé en el extremo de la barandilla de madera. Hacía un calor sofocante. El mar yacía inerte, sin brisa. A medida que bebía, las conversaciones comenzaron a difuminarse. El horizonte se hizo impreciso. No era capaz de mantenerme en pie. Me senté. En unos segundos mi cabeza cayó sobre la mesa.

Recuperé el sentido hacia el atardecer. Los recuerdos de aquella noche flotan en mi memoria como fragmentos de un espejo roto.

Una isla con un antiguo monasterio, las caricias de Eleonora y cálices dorados de sabor amargo. Un saco de cuero encadenado a largas poleas, sacudiéndose entre los violines de La Muerte y la Doncella. El eco de la risa de Baltazar y el silencio, roto por un grito de dolor.

Desperté desnudo, tumbado sobre la cubierta. Hacía calor. Mi sudor se acumulaba sobre la madera. Inmóvil, entreabrí los ojos. Se había levantado una leve brisa.

Vi acercarse a Aldo. Signore, signore, rápido, ¡debe escapar!, susurró agitándome. Levanté la cabeza. Me señaló una pequeña embarcación pesquera que se acercaba. De un empujón me lanzó al agua. Despejado por el golpe, subí al barco. El viejo marino se santiguó al verme subir. ¡Tenga!, me dijo entregándome un trapo de cuadros azules, desviando la mirada.

Tras ofrecerme algo de agua y pan seco me dijo que se dirigía a Rodi Garganico, cercano a Peschici, para vender la pesca de la mañana. El Blue Lagoon de Baltazar se había perdido tras un pequeño cabo.

La isla, cubierta de pinares, se reflejaba en un mar verde turquesa. ¿Dónde estamos?, pregunté. Miró al cielo y suspiró. San Domino, Isole Tremiti, il paradiso in terra. Recordando mis difusas memorias de la noche anterior, sonreí.

La costa boscosa del Gargano se perfilaba bajo el sol de la mañana. Tumbado sobre las redes pensé en la niña tímida y delicada que había sido Eleonora en las tardes de Posillipo. Cuando me ofreció la manzana envenenada, su rostro contenía más tristeza que crueldad.

La belleza es don peligroso cuando se une al hastío.A Baltazar le sentaría bien una bancarrota. Nada como una buena crisis para poner los pies en la tierra. Todo tiene sus ventajas.


Plan Cósimo


Al norte de Puglia, en la costa adriática de Italia, se encuentra la Península del Gargano, un parque natural rodeado de calas y cubierto de bosques. El Gargano es un lugar atípico en Italia. Tiene un único conjunto histórico relevante, la basílica románica de San Michele Arcangelo, construida sobre y dentro de la gruta donde el Arcángel se apareció al Obispo de Siponto a fines del siglo V. Su peculiar arquitectura, mantenida viva por la constante afluencia de peregrinos, la luz de las velas y los constantes rezos de los fieles, hacen que la visita valga la pena. Obligatorio tomar ostie ripene (ostias rellenas), el dulce local.

En el centro de la península, un bosque, la Foresta Umbra, te hace sentir en los Alpes, con rebaños de vacas silvestres y multitud de senderos para los que les gusta la montaña. Recomiendo detenerse a tomar unos orecchiette en la Trattoria Foresta Umbra. Comer en una cabina montañesa a escasos kilómetros de la playa resulta toda una experiencia.

En Peschici, el mejor lugar para cenar es el Restaurante Porta di Basso, un agradable local con terraza sobre el mar donde su chef, Domenico, realiza una versión muy personal de la gastronomía local. Un lugar a no dejar pasar es Al Trabucco da Mimi, una antigua estructura pesquera reconvertida en restaurante.

El hotel más agradable, Gli Orti di Malva, justo detrás de Porta di Basso, tiene una maravillosa vista sobre el mar. En una calle cercana, el apartamento de mi amigo Pier Paolo, aunque básico, no es mala opción.

Entre las playas me encanta Zaiana, cerca de Peschici, con un trabucco (estructura de madera para la pesca) en su extremo. Pero las más espectaculares se encuentran en la costa al sur de Vieste. Para llegar a la cala de Porto Greco, bajo una torre vigía, se recorre un largo camino de tierra que baja entre la frondosa vegetación. Vignanotica ocupa una larga franja de cantos bajo un espectacular acantilado blanco. Las aguas son de un profundo turquesa.

A la mejor de las playas de la zona, Baia delle Zagare sólo se puede acceder desde tierra mediante el ascensor del hotel homónimo en ascensor, por un precio prohibitivo. ¡Cosas de Italia! Mejor es el acceso desde el mar. En la marina de Mattinata se pueden alquilar pequeños barcos o gommoni (zodiacs) con las que visitar las calas más inaccesibles de la zona.

Las Islas Tremiti fueron creadas, según la leyenda, cuando Diomedes, el mítico rey de Argos, lanzó unos peñascos sobre el mar. Se llega hasta ellas en barcos que parten regularmente de Peschici y Rodi Garganico, en una travesía que no dura más de una hora. La isla de San Nicola supone una auténtica sorpresa. Sobre ella se alza Santa María del Mar, una enorme abadía románica que evoca escenas del Conde de Montecristo. San Domino, cubierta de pinos, sin apenas carreteras y escasas edificaciones, es un auténtico vergel mediterráneo. Su riqueza marina las convierte un estupendo lugar para hacer buceo.

Como suele ocurrir en estas islas, conviene alquilar un gommone (zodiac) para visitar con mayor libertad las calas. Se ofrecen a la llegada al puerto de San Nicola a precios razonables (120€ por un día).

Para quien quiera oir La muerte y la doncella de Schubert, ésta es una magnífica versión.

Créditos: horizonte por burningmax; puesta de sol por abrujo+ y antorcha por ahoracomovai, trabucco por luanbe; luna por Luz Adriana Villa; barca de pesca por Hector de Pereda.


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