• febrero 4, 2013
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París con caídas y recaídas

por Constanza Gil-Brooks

¡Qué bárbaro!, solté la primera vez que vi a Alvarito desnudo. Echamos un polvazo, la verdad, pero luego llegaron las complicaciones. Que si era muy joven, que si era sobrino de Leo, mi cuñado, y la bronca con mi hermana. Dos meses estuvo sin hablarme. En fin, un jaleo. Así que ahí quedó la cosa.

Aunque yo, la verdad, cada vez que veía una bolsa de Abercrombie por la calle, no podía evitar acordarme de aquella noche de sexo salvaje. Pero una se controla. Así que cuando me llegó un mensaje suyo al móvil, me sorprendí, me alteré y, por supuesto, no le contesté.

Pero al rato el chico me llama. Tía Constanza, déjame hablar. Le dejé hablar. No puedo dejar de pensar en ti. Me he enamorado. Y para que veas que va en serio te invito a cenar en un sitio con clase, el Meliá Castilla, ¿a que te encanta?, me dice.

Yo, muerta. Mira, guapo, estás estupendo, pero menuda me montaste. Además, mañana me voy a París, contesté. Me habían invitado los Bleighton, y estaba encantada de perder de vista Madrid por unos días. Le dije que no.

Y me fui a París. Alistair acababa de aterrizar y el apartamento de Liliane en el Marais estaba manga por hombro, así que tras un tartar en Ma Bourgogne, les propuse quedarme en un hotel de la Place des Vosges.

Entraba yo divina con mi astracán en el Pavillon de la Reine cuando me quedé mirando a un chico que, distraído, se paseaba por el lobby. Llevaba vaqueros, unas converse y una sudadera con capucha.

¡Cómo se parece a Alvarito!, pensé. Estaba claro, se me iba la cabeza, concluí. Pero no, no se me iba. ¡Era él! Me miró, soltó su mochila, y con una luminosa sonrisa corrió hacia mí y me besó. Estaba guapísimo.

Pero, ¿qué haces aquí?, ¿cómo has sabido dónde estaba?, pregunté, confusa. Se lo he sacado a la tía Camila. Pensarás que estoy loco, contestó. Incontrolablemente excitada le di la tarjeta de la habitación. Anda, sube, sonreí, voy a avisar que tengo una visita. Viendo cómo su espalda se alejaba hacia el ascensor, no dudé ni un momento que iba a sufrir una estrepitosa recaída.

Aquella noche conseguí dar esquinazo a mis anfitriones y cenamos en Le Grand Colbert. Fue perfecto. Dos botellas de borgoña y marc de champagne. Había nevado. Parecía que alguien había preparado París para aquella locura. La noche fue maravillosa.

Pero amaneció. Mi idea era ir al Musée Guimet, y más tarde había quedado a comer con los Bleighton. No conseguí arrancar a Álvaro de la cama para el desayuno. Gruñendo, accedió a acompañarme al museo.

Me entusiasma el arte oriental, y llevaba años queriendo visitar el lugar en el que una de mis heroínas, Alexandra David-Neel, inició su aventura. Y ahí estaba, con un veinteañero en zapatillas.

Oye, tía, es todo un poco igual ¿no?, me dice. Yo, sumida en la contemplación de un maravilloso biombo japonés con una lúdica escena femenina, me sentí irritada. Lo primero, Alvarito, no me llames tía, contesté. Y no es todo igual, es arte, ¿te suena el concepto?

No quedó muy satisfecho. Pensando que eran geishas se lanzó. Éstas eran putas, ¿no? Se las ve muy juguetonas, comentó socarrón. Le fulminé con la mirada. Sobraron los comentarios.

Bajábamos por la Avenue Wilson cuando pasamos por delante del Palais de Tokyo, una derruida estructura de hormigón donde se  organizan exposiciones de arte actual. A Álvaro le encantó. ¡Es mazo cool, Cons! ¡Vamos a verlo!, exclamó. Entramos.

En una instalación montada en los sótanos alguien chasqueaba la lengua cada cinco segundos a un volumen crispante. Fotografías informes colgaban en los muros. Con mis tacones, no podía dar un paso. Impaciente exclamé, se hace tarde, ¡nos vamos!, y le saqué del brazo.

Llegamos con retraso al Train Bleu, en la Gare de Lyon. Los Bleighton nos miraron, sorprendidos. Chicos, Alvaro de la Riba, sobrino de Leo. Me lo ha mandado mi hermana para que conozca París.

Liliane me dirigió una mirada cómplice. Très mignon, tu sobrino, nunca dejarás de sorprenderme, susurró. Mi piel, habitualmente pálida, no se distinguía de mi melena pelirroja.

El restaurante, de un monumental barroquismo 1900, tenía sobrecogido a Alvarito. Es guay, pero está como antiguo ¿no? Yo le metía un poco de diseño, comentó. Tú come y calla, le dije. Notaba como mi nivel de ansiedad crecía. Me entregué al burdeos. En los postres, cuando el camarero me preguntó, Madame, un dessert pour votre fils?, me dieron los siete males.

Corrí al hotel a echarme una siesta y después, inmersión en el spa. Álvaro dijo que quería salir a correr. ¡Pero si estamos bajo cero!, le dije. Pero claro, pensé, ese cuerpo no se mantiene solo. Se puso las deportivas, la capucha, y salió de la habitación como una bala.

Me había sumido en un dulce sopor cuando sonó el móvil. Alvarito. Constanza, me he pegado un ostia de la leche. Sonaba dolorido. Joder, creo que me he roto algo. No me puedo mover. Por pistas averigüé que estaba en el parque del Hotel de Soubise. Hielo y adoquines. Se me ocurren peores sitios para caerse, al final el chico va a tener estilo, pensé.

Resultado. Fractura de tibia, férula y tres de días de inmovilización. Él, encantado con un intensivo de Juego de Tronos y barra libre en el servicio de habitaciones. Le dejé al cuidado a la chica de recepción. Una monada, pensé.

Aquellos gélidos días de enero retomé mi intimidad con Liliane. Me habló de Alistair, de su encuentro en Zamora de la mano de Cósimo y de su decisión de instalarse en el Marais tras el escándalo de su separación.

Siempre me había parecido un poco fría, demasiado chic, con su peinado garçon y un look años veinte un poco forzado. Pero la vi feliz. Obviamente, el título de Alistair y sus millones ayudaban.

Liliane me mostró un París delicioso. Recorrimos galerías decimonónicas flanqueadas de anticuarios, maravillosos cafés de atmósfera decadente, y pequeños museos burgueses de aire dieciochesco.

En el Jacquemart-André un cuadro captó mi atención. No era una gran obra. Pero la escena, en la que dos jóvenes bailaban, mirándose, cogidos de la cintura, me hizo pensar en Álvaro, y me invadió una tibia ternura. Sonreí.

Te veo ausente, dijo Liliane. El chico es muy guapo, demasiado guapo. Ten cuidado, me aconsejó, en estas historias no suele ser el joven quien sale mal parado.

Volví al hotel temprano. Abrí la puerta, confusa, pensando qué le iba decir a Álvarito, cuando, ¡sorpresa! Allí estaba el mozo, tumbado, resoplando como un jabalí, mientras la cabeza de la jovencita de recepción pendulaba bajo su cintura.

Me entró un ataque de risa. Volada, la rubia repetía sin cesar Madame, je suis desolée. La cara de Álvaro se había mimetizado con el terciopelo rojo de las cortinas. Anda, vestíos, me voy a tomar un negroni al bar. El camarero está estupendo, igual a mí también me toca premio, dije con una sonrisa.

Pedí unas muletas y le invité a cenar en el rooftop del Centro Pompidou. Todavía no había vuelto en sí. Lo siento, Constanza. Yo allí sólo tantas horas… y esta tía me saltó encima, ya sabes como son las francesas, se disculpó.

No seas niño, Álvaro. No pasa nada. Tienes veinticuatro y yo treinta y nueve, contesté. Tú eres un cañón y yo sé que estoy estupenda. Me sentía atractiva con mi modelo ajustado. Pero lo que nos da morbo y nos pone es lo que somos. Dejemos el amor a un lado y seamos prácticos. Mientras nos apetezca echar un polvo, lo echamos, sin preguntas. Tú tienes tu vida y yo la mía, no las mezclemos.

Y mirándonos, cómplices, con una sonrisa en los labios, cogimos la copa de champagne y brindamos.

 

La aventura de Constanza con Alvarito comienza, muy tempestuosamente, en De Loiuse Bourgeois y otras panteras. Por su parte, Liliane y Alistair se conocen en el romántico Love is in the air? Lord Bleighton en Zamora.


Plan Cósimo


París es una ciudad maravillosa, pero muy cara. Una buena comida en un restaurante de no excesivo lujo con un vino razonable no suele salir por menos de 70€ por cabeza. En esta línea están los que menciono a continuación. A su llegada, Constanza toma el mejor steak tartar de París, en el restaurante Ma Bourgogne, en la Place des Vosges, un diminuto local con mucho encanto en el que no admiten tarjetas de crédito. Con Alvarito cena en Le Gran Colbert, una institución parisina fundada en 1900, especializada en ostras y marisco, que abre a diario hasta la una de la noche. Perfecto para una romántica cena tardía. Beben dos borgoñas: un Liger-Belair de 2009 (22€) y un Lafarge de 2006 (52€).

El Museo Guimet, en la Place d’Iena alberga una colección de arte oriental de una gran riqueza. Preguntad si está abierto el jardín japonés en un edificio cercano, una sorpresa en el centro de París. La viajera Alexandra David-Neel es una figura fascinante que se internó en el Tibet de principios de siglo. En español están publicados varios de sus relatos autobiográficos. En el Palais de Tokyo, en Avenue Wilson, contemplan la exposición de Damir Ocko, The Kingdom of Glottis. Son muy agradables el restaurante y el bar del centro, informalmente actuales.

Le Train Bleu, un restaurante único tanto por su ubicación (se accede desde la propia Gare de Lyon), como por su fastuosa puesta en escena, vale la pena. Es recomendable ir a mediodía,cuando está lleno de luz. Beben un burdeos, Chateau-Figeac del 2008 (70€). Álvaro se resbala en la cour d’honneur del Hotel de Soubise, un majestuoso conjunto del XVIII por Delamair, salido de Las Amistades Peligrosas. Construido por los Príncipes de Soubise-Rohan, hoy alberga el Archivo Nacional. Su Salón Oval o de la Princesa, diseñado por Boffrand, es una de las obras maestras del estilo rocalla, con pinturas de Boucher, Natoire y Van Loo.

Constanza y Liliane visitan dos museos cercanos a Étoile, ambos palacetes construidos por banqueros. El Jacquemart-André, en el Bulevard Hausmann, al margen de un maravilloso mobiliario (en la fotografía), alberga una gran colección pictórica en la que entre otros se encuentran obras de Mantegna, Rembrandt y Chardin. Tiene salón de té en el que se pueden degustar deliciosos gateaux a la sombra de obras de Tiépolo. El Nissim de Camondo, hacia el Parc Monceau, tiene el encanto de haber mantenido intacto su decadente ambiente.

El restaurante George’s, en la sexta planta del centro Pompidou, además de un vertiginoso diseño, presenta espectaculares vistas de París. Si bien la comida no llega al nivel de los anteriormente mencionados, el ambiente lo compensa. Para celebrar su renovada relación Constanza y Álvaro brindan con un champagne André Clouet (30€).

Constanza se aloja en el Hotel Pavillon de la Reine, en plena Place des Vosges. Con un maravilloso patio y un Spa es una fantástica opción para bolsillos potentes. Una muy buena opción, más asequible, en torno a 200€ por noche es el Hotel Notre Dame, con habitaciones con vistas al Sena y a la Catedral y habitaciones diseñadas por Lacroix. Moderno y con desayuno incluido, es razonable el Hotel Emile, en el Marais, entre los 150 y 250€ por noche. Los fanáticos del rococó se encontrarán a sus anchas en el Hotel Caron de Beaumarchais, entre la Île Saint Louis y el Marais, a precios similares.

Todos los vinos los podéis encontrar en La Tintorería Vinoteca, junto a una excelente selección de vinos franceses.

Créditos: Place des Vosges nevada, por Paris Sharing; biombo de Okusai 1800, por dalbera; Hotel de Soubise, de Wikimedia Commons; George’s en Centro Pompidour, por roryrory


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