26 noviembre 2013

Reims, luz gótica

Nunca me he sentido muy inclinado hacia la arquitectura gótica. Desde una educación italiana, el estilo de los bárbaros del norte tiende a contemplarse con una cierta desconfianza. Por otra parte, con muy contadas excepciones, el gótico español siempre me ha parecido algo torpe. En mi opinión, la verticalidad, el espacio y la luz, reflejo del racionalismo escolástico, no encajan bien con el carácter español.

De ahí la ampliación en anchura de las proporciones y la irrupción de los  coros en la nave central, caso evidente de horror vacui. España tiende a mirar a la tierra más que al cielo y por ello sus catedrales, concebidas como geometrías celestiales, fueron compartimentadas sin piedad.

Por ello me sobrecogió entrar en la catedral de Reims. Todo lo que había leído sobre el gótico cobró sentido en un instante. Las naves, diáfanas, surgen en altura como un bosque. El impulso vertical de la estructura es tan potente que es  imposible no dirigir la mirada hacia arriba. Sentí en aquel espacio diáfano una cualidad esencialmente espiritual, una apelación al intelecto.

Sí, sabía que el edificio había sido reconstruido en mayor o menor medida tras la primera guerra mundial. El símbolo de la monarquía francesa, el templo donde eran ungidos sus reyes, fue para los alemanes un objetivo militar. Y a la destrucción de las cubiertas había que añadir las intervenciones de Viollet-le-Duc en el XIX, que reinventó el concepto de catedral gótica con desastrosos efectos. Véase la diluida autenticidad de Notre Dame de París.

Pero ninguna de estas consideraciones restaron fuerza a la claridad de las líneas y a la elegancia del perfil de las naves. Recorriéndolas imaginé el efecto que aquella arquitectura dibujada sobre el aire habría tenido sobre el hombre medieval. Surgidos de sus oscuros hogares, aquel espacio desmaterializado por la luz debió representar un lugar mágico, simbólico, la sede irrenunciable de la divinidad.

Ya no se trataba de los gruesos y masculinos muros románicos, reflejo del Cristo en Pantocrátor de la portada. La catedral gótica era el receptáculo de María. Su forma de transmitir el mensaje religioso se hizo más sutil y femenino, menos obvio.

¿Por qué tallar columnas que no sustentan y nervios que nada soportan? La carga se canaliza a través de los elementos arquitectónicos que estas líneas ocultan: las aristas de las bóvedas dirigen el peso hacia los pilares y los contrafuertes, invisibles desde el interior. No es extraño que los primeros planos arquitectónicos de nuestra era aparezcan en el cuaderno de Villard de Honnecourt. Porque sólo en el gótico fue necesario para el cantero y el masón ser conscientes de la estructura no sólo como una forma de cerrar el espacio, sino como sentido y forma del edificio, hecha visible por líneas dibujadas sobre ella.

La decoración escultórica se expulsó al exterior. Pináculos, esculturas, gárgolas y las tracerías que decoran portadas, torres y arbotantes hacen parecer estos edificios grandes relicarios. Dentro, sólo hay espacio para la luz matizada por las vidrieras plomadas. Como se puede comprobar en los templos en las que éstas han subsistido, no se trataba de lograr espacios luminosos. El cristal, coloreado en el proceso de fundición, presentaba un denso cromatismo que transformaba la luz procedente del exterior, creando complejos efectos sobre el pavimento.

Defiendo que una obra maestra se reconoce de forma intuitiva, directa, por su capacidad de mover una cuerda en nuestro interior. La Catedral de Reims lo logró. La elegancia hecha espacio, sutil y grandioso. Siempre es un placer dejarse sorprender por estilos que menospreciamos.

Imagen: Catedral de Reims, por Seb Przd

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