Gaspar Mechor de Jovellanos, Francisco de Goya

11 diciembre 2013

El retrato, ¿imagen del alma?

Los retratos son relatos. Relatos que pretenden sintetizar la narración de un carácter (es decir, de una vida) en una imagen. Mientras el instante fotográfico capta una expresión, o la transición entre ésta y la siguiente, el retrato plástico nace con vocación de  convertirse en memoria.

Durante siglos la imagen que el hombre tenía de su propio rostro era difusa. Las superficies reflectantes, el bronce y otros metales, no eran precisas, sujetas a las irregularidades del bruñido y el pulimiento. De ahí la sorpresa de Narciso cuando encontró su bello rostro reflejado en el agua. No pudo más que enamorarse de sí mismo como de un extraño.

El espejo moderno, nacido en las factorías de Murano en el siglo XVI, no llegaría a las clases populares hasta el siglo XIX. La consciencia de la propia imagen (para bien o para mal), fue por tanto otro de los logros de la Revolución Industrial.

De manera que hasta la Edad Contemporánea la imagen del rostro no residía en la mente de cada individuo, sino en lo que los demás percibían de él. Por ello, para quien se lo podía permitir un retrato fijaba su imagen, la hacía explícita, ante todo, para sí mismo.

Hoy somos incapaces de contemplar un retrato sin indagar, en primer lugar acerca del carácter del representado. Buscamos signos en su fisionomía que nos indiquen su grado de inteligencia (una mirada penetrante) su simpatía (en la curvatura de sus labios), o su sobriedad (en un perfil afilado). Pero, ¿buscaron ellos presentar ante el observador su alma?

La respuesta es sencilla. No. Es cierto que, desde el Renacimiento, todo retrato debe ser en primer lugar verosímil, es decir, la persona representada debe ser reconocible. Es una evidencia que grandes maestros del retrato como Tiziano o Rubens transmiten de forma directa lo que consideramos la esencia de la persona. Pero, ¿en qué consiste esa esencia?

La preocupación por las cuestiones  psicológicas es algo relativamente reciente. Durante siglos, cada persona era, fundamentalmente, la posición que ocupaba en la sociedad. El artista debía representar a un rey como a un rey y a un mercader como tal. Frente al elemento psicológico encontramos aquí el tipológico. El que define la posición.

No es difícil apreciar que, en mayor o menor medida, los retratos de una época se parecen entre sí. No es sólo una cuestión estilística, sino una identificación de ciertos rasgos, expresiones (y por supuesto peinados y demás atrezzo) con una determinada dignidad. Como he dicho el retrato es relato y memoria. El personaje representado quería volcar en esa imagen única lo que él más valoraba de su biografía.

El retrato, ¿imagen del alma? Quizás sea mejor que no lo sea. La sinceridad está sobrevalorada. Resulta mucho más interesante averiguar lo que las imágenes nos ocultan.

Imagen: Gaspar Melchor de Jovellanos, Francisco de Goya, 1798, Wikimedia Commons

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