9 septiembre 2013

Ingrid Bergman y Rossellini, volcánicos

Cuando vi la película de Rossellini de 1950 ya conocía bien la isla de Stromboli. El profundo azul de mar, sus aguas cálidas y su reducida superficie a la sombra del volcán eran para mí un refugio de otro mundo.

Por ello me sobrecogió la crudeza con la que el director refleja la miseria y la brutal incultura de la isla en la posguerra.

Pero Rossellini no se ajustó nunca de forma radical a los mandamientos del neorrealismo. Con los medios que esta corriente puso en sus manos: la visión documentalista y la participación del entorno a través de actores no profesionales y la incorporación de sucesos fortuitos, buscó siempre poner a sus personajes bajo el microscopio, situándoles en contextos ajenos, lejanos y extremos.

De esta visión surge el personaje que representa Ingrid Bergman. Karin es una refugiada lituana de familia burguesa que, ante la imposibilidad de emigrar a argentina, se casa con un nativo de Stromboli.

La isla actúa como un único personaje, cruel e implacable. El extrañamiento de Karin es absoluto. Representa para los habitantes de Stromboli lo desconocido, la otredad.

El propio volcán participa en la agresión, en una erupción real que se produjo durante el rodaje y que asoló el pueblo. Ante la miseria, la exclusión, y la reclusión en aquel pequeño espacio, huye, experimentando una epifanía espiritual en la cima del volcán.

Pero de la filmografía que surgió de los siete años de matrimonio de Bergman y Rossellini, mi favorita es Viaggio in Italia, de 1954, cuyo título en español es el incomprensible Te querré siempre.

En esta ocasión la interacción entre el entorno y los personajes es mucho más sutil. Ingrid Bergman y George Sanders, un matrimonio inglés acomodado, acuden a Nápoles a liquidar la herencia de un tío vividor allí instalado. A lo largo de la película se manifiesta una constante degradación de la relación, previamente encubierta por la convivencia en su hogar londinense.

El viaje actúa como revulsivo. No se me había ocurrido que sería tan aburrido para ti estar a solas conmigo. Es la primera vez que estamos realmente solos desde que nos casamos, afirma ella al inicio de la película.

Durante su estancia en la villa campestre del tío Homer la reacción de ambos ante lo que les rodea es opuesta. Katherine lo explora, proyectando sus estados de ánimo, viéndose afectada por las esculturas del Museo Nazionale, por una mujer embarazada que pasa frente a ella o por una pareja encontrada, abrazada, bajo las ruinas de Pompeya. Alex lo rechaza. Se niega a aceptarlo. Se evade en amantes esporádicas y crea una burbuja, manteniendo una actitud entre hostil e indiferente.

Al ver la película se siente que son más relevantes las ausencias y los silencios que lo que los personajes llegan a decir. El pasado surge como una pesada carga para ambos. La narrativa tradicional se rompe.

El tumulto emocional de Alex y Katherine culmina cuando, tras decidir divorciarse, se ven envueltos en la procesión de la Madonna Addolorata de Maiori. Arrastrados por la muchedumbre, se reencuentran. El viaje, emocional y espiritual, ha terminado.

Imagen: Ingrid Bergman en Strómboli, terra di dio, de Roberto Rossellini

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