14 enero 2013

De la sensualidad en el arte

Cuenta el Pseudo-Luciano que un joven se enamoró con tanto furor de la Afrodita Cnidia de Praxíteles, que se escondió en el recinto del templo para pasar una noche de amor con ella. Desde entonces, una marca indeleble manchó el mármol blanco del pubis de la diosa.

Erótica y arte estaban íntimamente unidas en la Antigüedad Clásica. En un mundo sin medios de reproducción mecánica, el arte era el único vínculo entre cuerpo y fantasía, realidad y deseo.

Era habitual que en las copas áticas apareciese la figura del  atleta predilecto del simposiasta (participante en el simposio o banquete), acompañada de su nombre y el adjetivo kalós (bello). El placer del vino se combinaba con el placer visual, a medida que se agotaba la copa.

Pero la devoción griega por la belleza tiene su máxima expresión en la escultura. Torsos como el Discóforo del Museo del Prado contienen una potente carga sensual. Es difícil no sentirse sobrecogido por su atractivo, directo y explícito. Obviando la parca Edad Media, a menudo me siento excitado por las miradas del primer Renacimiento, como la provocadora cortesana de Bartolomeo Véneto y, por supuesto, ante la contundente presencia de las figuras de Miguel Ángel.

El manierismo cultivó la ambigüedad como ningún otro movimiento. En el retrato, los personajes adoptan una mirada seductora, como mi adorado sastre de Moroni. En el campo mitológico la carga erótica se acentúa. Entre los Amores de Júpiter que el Duque de Mantua encargó a Correggio, resulta tremendamente sensual el que representa al dios poseyendo a Io como una gran nube oscura. Unas décadas más tarde Caravaggio acuñará un estilo en el que combina una intensa carga erótica y una profunda oscuridad. Su San Juan provoca al observador, le reta ante su flagrante carnalidad.

El Romanticismo cultivó una sensualidad muy vinculada al exotismo. Pocas obras superan el barroco erotismo de La Muerte de Sardanápalo, de Delacroix. Con las vanguardias, salvando ciertos casos como Gauguin, el arte tiende a intelectualizarse, perdiendo en gran parte su carga erótica. Habrá que esperar hasta la segunda mitad del XX para que la sensualidad reaparezca, unida al desgarro, a la violencia de un conflicto interno, en artistas como Francis Bacon o Lucien Freud. En las últimas décadas, el elemento de provocación y el juego con la pornografía están muy presentes. Ahí está el porno desenfocado de Thomas Ruff, los videos caseros de surfistas cambiándose el traje de baño de Tracey Moffat,  o las estilizadas visiones de Araki.

El arte es siempre experiencia. Al contemplar una obra, ese conjunto de memoria y actitud que somos en cada instante verá lo que su estado de ánimo le dicte. Lo sensual, como parte integrante de nuestro yo, saldrá a la superficie si se lo permitimos. Ahí está. Sólo hay que acercarse y sentir.

Imagen: Io y Júpiter, Correggio, 1531-1532, Wikimedia Commons

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