• noviembre 21, 2012
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El Síndrome Arcimboldo

por Cósimo de Monroy

Pero, ¿quién está detrás? En la solitaria sala de museo, sentí una intensa claustrofobia ante el personaje cubierto de flores. Pues nadie, hijo, dijo mi tía Adela, es un Arcimboldo. Lo que se ve es lo que hay.

Giuseppe Arcimboldo, La Primavera, 1573, RABASF

Aquel inquietante recuerdo de infancia me asaltó hace un mes desde el escaparate de un anticuario madrileño. Sobre una cómoda italiana me contemplaba, con una mirada de profunda desesperación, un rostro cubierto de moluscos marinos.

Es una pieza muy potente, a la manera de Arcimboldo, me informaron, y en muy buen estado de conservación.  Como si estuviese salvando a un prisionero de las garras de un villano, la compré. Se la enviamos a casa, no se preocupe. Pero me preocupaba. ¿Qué iba a hacer con aquel personaje?

Cósimo, estás neurótico, tienes que volver a terapia, me dije. Apenas dormí aquella noche, y cuando a la mañana siguiente Jessica, la asistenta, me notificó que habían traído la pieza del anticuario, me embargó el pánico. Señor, ¿lo desempaco? ¿dónde deseará ponerlo?, preguntó. Déjelo en el salón, murmuré.

 Tritón realizado con moluscos

A lo largo del día logré recomponer mi yo habitual. Cerré un par de tratos, desfavorables, como lo son todos en estos tiempos apocalípticos, y recordé que esta noche venía Nube a cenar a casa. Cuando abrí la puerta, me excitó su aspecto de ninfa desmelenada. La recibí con la mejor de mis sonrisas.

Siempre sensible, notó que sobreactuaba con un entusiasmo que crecía a medida que se consumía la botella de Poully-Fuissé. Me cogió de la mano. Sabes que no me hace falta el teatro, a mí no tienes que seducirme, dijo sonriente. Además, me gusta este vino, y me besó en la mejilla.

Tras hacer el amor le gustaba pasearse desnuda por la casa. Solía acompañarla en sus juegos, pero me quedé en la cama. Estaba intentando conciliar el sueño cuando oí su voz infantil. ¡Pero qué bonito, Cósimo!

No me quedó más remedio que acudir e, inevitablemente, Nube percibió que sucedía algo. ¿Pero, qué te ocurre? Y le hablé de mi tía Adela, de Arcimboldo, y de mi encuentro con aquel tritón desubicado.

Ante mi confesión Nube sufrió un incontenible ataque de risa. Luego, de puntillas, me abrazó, me miró a los ojos y sonriendo dijo, te voy a hacer un regalo.  Apareció la tarde siguiente cargada de peonías, rosas, liliums, anémonas, margaritas y muguet, que había traído del taller de arreglos florales donde trabajaba. Las iba clavando sobre un soporte rectangular. Me tomó de la mano. Ven, ayúdame.

A lo largo de la noche fue adquiriendo forma la temida imagen. ¿Lo ves?, sólo son flores, no hay nadie encerrado dentro. Y colócalo junto al tritón, le hará compañía. Suspiré, y liberado, sonreí. Ahora eres tú quien se merece un regalo.


Plan Cósimo


La Primavera, única obra de Arcimboldo que se puede contemplar en España, se conserva en la Real Academia de bellas Artes de San Fernando, en Madrid; Cósimo encontró el busto de cochas marinas en la galería Marita Segovia, en la calle Lagasca, 7 de Madrid, que ofrece una ecléctica variedad de objetos y pintura, siempre vale pena ir a echar una ojeada; durante la cena Nube y Cósimo bebieron una botella de Domaine Combier, Poully-Fuissé, un Chardonnay seco, sutil y complejo, en torno a los 12,80€ en Tomevinos; Nube trabaja en Alfabia, en la calle Blanca de Navarra, donde hacen todo tipo de arreglos florales por encargo, y donde ofrecen, por supuesto, centros y ramos nada habituales, capaces de sorprender a cualquiera. Agradezco la entusiasta colaboración de Isabel Gallego de Chaves en este post.

Imágenes: Primavera, Wikimedia Commons


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