20 agosto 2012

Slow, slow Como

El Lago Como es un lugar que atrapa y fascina. Desde que lo conocí de la mano de mi primo Carlo, me sedujo su espíritu decadente, la suave luz alpina y el abrigo que hacen sentir las montañas que lo encajan.

La puerta del lago es la propia ciudad de Como, que se extiende siguiendo la antigua cuadrícula romana. Dos favoritos. La monumental nave central de Sant’Abbondio, del románico temprano, y las esculturas de Plinio el Viejo y Plinio el Joven en la fachada de la catedral. Italia sorprende. En ningún otro lugar se habría concebido situar, en vez de dos santos, a dos filósofos paganos en el símbolo religioso de la ciudad.

El lago gira en torno el punto del que parten sus tres brazos. Allí, si ascendemos en coche por la Riviera Tremezzina, encontramos Menaggio, frente a éste Bellagio y en la tercera orilla, Varenna. Comparten su encanto, pero yo me quedo con la decadencia de Bellagio. Las ruinas del Gran Hotel, los campari-soda del Sanremo, y una cena frente al lago en la terraza del Hotel Metropole o del Suisse, tienen difícil competencia. Recomiendo permanecer en el paseo frente al lago, no sólo por sus vistas, sino porque, frente a lo que suele ocurrir en otros casos, las callejuelas del interior resultan mucho más turísticas y vulgares.

De entre las villas visitables, resulta demasiado concurrida Villa Carlota, en Tremezzo. Más sugerentes son los jardines de Villa Balbianello, en Lenno, sólo accesible en barco, donde se rodaron las escenas más románticas de la segunda entrega de Star Wars, y el evocador enclave de Villa Monastero, en Varenna. Desde allí, en la puesta de sol, la luz se va recortando sobre el lago, filtrada por la bruma, creando una imagen de sutil ensoñación.

Imagen: el Lago Como desde Villa Monastero, por chrn

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