• julio 23, 2013
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Sorolla, verano, primer amor

por Cósimo de Monroy

Blanca. Recuerdo el azul del mar en sus ojos, la luz cegadora, su pelo cargado de sal.

Había muerto mi abuelo, el viejo príncipe Scarpa. Los funerales en San Gennaro, el traslado al mausoleo familiar en Puglia y la batalla por la dilapidada herencia no era probable que concluyesen con rapidez. A mis padres no les quedó más opción que instalarse en Nápoles.

Entre la confusión y la tristeza, mi hermana y yo fuimos enviados a pasar el verano en La Roda, la villa de mi tía Adela a orillas del Mediterráneo. Construida en el siglo XIX por un antepasado Monroy, la casa ocupaba un promontorio cercano a la costa. Rodeada de campos de naranjos, se protegía del sol por un denso pinar, mecido por la brisa del mar.

Sonreía ante el rostro de sufrimiento del conductor de mi padre mientras ascendíamos por el accidentado camino de tierra cuando, al bajar la ventanilla, el olor del verano me llenó de una tibia sensualidad.

Tenía doce años. Mi cuerpo había comenzado a manifestar señales que yo había preferido ignorar. Sin ser consciente de ello, había elegido seguir siendo un niño.

Mi tía Adela nos recibió entre almohadones en una amplia veranda de piedra que se elevaba sobre el frescor de los setos y las pérgolas del jardín. De rostro amable y voz pausada, sus cabellos comenzaban a clarear bajo el sombrero de paja. Viuda desde mis más lejanos recuerdos, su amplio vestido blanco ocultaba una figura generosa y menuda.

El verano en La Roda consistía en un constante ir y venir de los parientes que ocupaban las villas del cabo. Marcadas entre los naranjos por densas arboledas, conformaban un mundo cerrado y autosuficiente, volcado hacia una cala rocosa que nadie más que aquel cúmulo de primos lejanos parecía molestarse en descubrir.

¿Quieres pescar cangrejos?, me dijo Blanca el primer día frente al mar. Sus ojos azules y la claridad del cabello oscurecían su piel, tostada por el sol. Cogí de la mano a Simoneta y nos lanzamos sobre las rocas.

Desde aquel momento no nos separamos. Mi hermana, que encontraba nuestros juegos demasiado salvajes, optó por un grupo más femenino. ¡Sois unos bestias!, nos gritaban mientras sacábamos un pulpo del agua, trepábamos a un árbol o perseguíamos a un gato. Nuestra unión era perfecta.

Durante las tardes, el campo de exploración se trasladaba al interior de La Roda. Los frescos con escenas exóticas que decoraban sus muros hacían volar nuestra imaginación. Éramos el caballero y la dama, el sultán y la esclava, la doncella y el pirata. La cambra, donde se acumulaba un siglo de trastos viejos, era una fuente interminable de artilugios para nuestros disfraces.

Pero era en la capilla, cuya puerta tapiada se abría únicamente para los enlaces familiares, donde corrían nuestras horas más secretas.

Bajo su bóveda cubierta de estrellas Blanca me preguntó, ¿has besado a alguna chica? Negué con la cabeza. Mi piel enrojeció bajo el bronceado. Me miraba fijamente. Acercó su cara hacia mí y, cuando giré la cabeza, ahí estaba, rozando mis labios. Me incliné y, torpemente, la besé. Rió. Ahora somos novios, ¿sabes? Afirmó. Y salió corriendo.

Cuando salí por la puerta de la sacristía, el tío Eugenio me contempló sorprendido. Su figura delgada, cómica, aparecía a menudo en La Roda. Raro era el día en que su poblado bigote y su bicicleta no asomaban por el camino del cabo al atardecer. Las críticas de Celia, la cocinera, me habían generado un cierto recelo hacia él.

Se ha colado un gato, afirmé. Sonriendo, continuó su camino hacia la despensa.

Aquella noche, como era habitual, mi tía y él se quedaron solos después de la cena. Les espié, ocultándome tras los agapantos.

Son sólo unos niños, decía mi tía, ¿tú crees que han visto algo? Blanquita es tan lista como su madre, contestó el tío Eugenio. Os viene a todas de la sangre de doña Antonia. No creo que doña Antonia tenga nada que ver con esto, afirmó la tía Adela, reacia a seguir el determinismo genealógico del cabo.

El tío Eugenio le susurró algo al oído. Mi tía soltó una carcajada. ¿Ahora?, preguntó. El tío sonrió. Se levantaron y se dirigieron hacia la puerta de la sacristía. Esperé unos minutos y entré. El portón de la capilla estaba entreabierto. Oí voces en el interior.

Me asomé con cuidado. Un quinqué lanzaba una débil luz sobre la nave. Mi tía, en pié frente al altar, se había maquillado el rostro. Los labios, de un rojo sangre, parecían manchados de ketchup. Los ojos, bordeados con una línea negra, habían adquirido un aire histriónico y amenazante.

Al bajar la mirada hacia el suelo descubrí, incrédulo, al tío Eugenio desnudo, a cuatro patas sobre el suelo. Mi tía lo sujetaba con la correa del mastín, ceñida al cuello con un collar de tachuelas.

Había un plato en el suelo. ¡Bebe, perro!, exclamó mi tía con rabia, azotándole con una fusta. Gimió. Por unos segundos sus ojos quedaron en blanco. Su cuerpo tembló. Bajó la cabeza y se puso a sorber del plato con la lengua.

Sentí pavor. Tropecé y algo rodó. El tío Eugenio, alarmado, se lanzó a por su ropa. Mi tía se volvió y me vio, paralizado tras la puerta.

Asustado, corrí hacia mi habitación. Al cabo de un rato oí los pasos de la tía Adela subiendo por la escalera. Me oculté bajo  la sábana. No tengas miedo, Cósimo, me dijo. Se sentó en la cama y me destapó la cabeza. En su rostro no quedaba rastro de maquillaje.

Los adultos a veces hacemos cosas incomprensibles, dijo con dulzura. Pero, a fin de cuentas, todo es un juego. Me besó en la frente y, despacio, se levantó y cerró la puerta.

Suspiré. Mi tía no se había convertido en una bruja de feria. Sólo jugaba con mi tío Eugenio. Pero, ¿por qué estaba desnudo?, pensé. Cosas de mayores, me dije. Aliviado, apoyé la cabeza en la almohada y me dormí.

Mi tía estaba en lo cierto. Hoy lo sé. Todo es juego. Un juego que para mí comenzó aquel verano. El verano en el que, con Blanca, viví mi primer amor.

 


Plan Cósimo


(A completar por el interesado) Recuerdo mi primer verano en la playa de ___________ . Tenía ____ años. Por las mañanas jugaba a __________ con _________ . Allí conocí a _________ . Fue mi primer beso. Paseábamos juntos por _________ y durante la tarde nos escapábamos a _________ , donde nadie nos podía ver. Prometí _________ . Hoy, cuando veo/oigo _________ no puedo evitar recordar _________ .

Créditos: Todas la imágenes de Wikimedia Commons.


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