• enero 14, 2013
  • TIPS

Terapia sexual en El Prado

por Cósimo de Monroy

Si viene a hablar de sus devaneos se puede ahorrar la sesión. Ya sabe que esto no es una corrala. Inclinando sus gafas de lectura, la doctora Cereceda me miró, inquisitiva.

Nada de eso, contesté con fingida seguridad. Se trata de un sueño recurrente que me inquieta. Pensé que sería interesante su opinión.

Bueno, eso es una novedad, contestó. Túmbese en el diván. Porque le sigue gustando tumbarse, ¿no? Obediente, me recliné en aquella barroca superposición de alfombras y almohadones. Comience, por favor.

Y comencé. Arranca siempre igual. Aparezco en la Galería del Museo del Prado. Está vacía, y llevo sólo unas alpargatas.

¿De qué color, las alpargatas?, preguntó. Rojas. Tomó nota, sentada tras el diván.

Desde la Rotonda paso a las salas de los venecianos. Me siento inquieto. Se oye un gran barullo de fondo. Al pasar ante la Bacanal de los Andrios, de Tiziano, sin saber cómo, me encuentro, sin más, dentro del cuadro.

Tumbado en el suelo, veo que las alpargatas se han quedado fuera. Giro la cabeza y contemplo la escena. Me siento excitado. Una mujer desnuda se levanta y comienza a hacerme una felación. Un sátiro me besa.

Las ordinarieces se las ahorra, por favor, interrumpió la doctora.

Lo intentaré. La intensidad aumenta, continué. Crótalos y flautas suenan a un ritmo frenético. Las ninfas y los sátiros, ebrios, me rodean, ofreciéndose. Siento sus manos y sus labios sobre mi piel. La excitación me ahoga y pierdo el control. Pero justo cuando voy a alcanzar el orgasmo la escena se corta, y me encuentro de nuevo frente al cuadro, con las alpargatas puestas.

Interesante. ¿Son todos los sueños como éste?

Hay uno más brutal. Comienza igual, pero al pasar por la Rotonda me siento arrastrado por unas cadenas y, claro, pierdo las alpargatas. Carlos V está desnudo, sin la coraza. Baja del plinto y me atrapa. Soy el Furor. Me somete con violencia, sexualmente, y me gusta. Pero, de nuevo, cuando siento llegar el orgasmo, veo que tengo las alpargatas puestas y todo se detiene.

Está usted agotando el repertorio. ¿Algo más que desee compartir?

Sí, hay otro. Es diferente. Desde la Galería me dirijo hacia las salas de Goya. Me encuentro entre la Condesa de Chinchón y la Marquesa de Santa Cruz. Las dos me miran. Siento que me llaman. La marquesa me seduce. Su postura tiene algo lascivo, provocador.

Dejo las alpargatas y subo al lecho. Me gusta el olor de las flores sobre su cabeza. La beso. Su vestido blanco se diluye. La toco, percibo su excitación y la poseo. Ella llega al orgasmo antes que yo. Cuando voy a alcanzarlo, veo que las alpargatas han desaparecido. Siento pánico. Salto de la cama y corro por la Galería.

Las encuentro ocultas entre las Tres Gracias, de Rubens. Me miran, provocándome. Ven a por ellas, me dicen. Me sumerjo entre sus carnes. ¿Qué remedio? Una de ellas empuja sus pechos contra mi rostro. Me ahogo. Éstas sí que van a acabar conmigo, pienso.

Veo las alpargatas escondidas en el cuerno de la abundancia y, tras un duro forcejeo, consigo ponérmelas. Salgo corriendo. Sus gritos llenan la Galería. Cósimo, vuelve, Cósimo, Cósimo… En la sala de El Greco, ya a salvo, me desvanezco.

Bien, ¿eso es todo? Tras un minuto de silencio, la doctora Cereceda me invitó de nuevo a sentarme frente a su mesa. Analizó con tranquilidad sus notas, y elevó la mirada.

Tiene usted una sexualidad compleja, señor Monroy. Y eso produce conflictos. Acuérdese cómo llegó aquí. ¿Cómo va de amores?, preguntó. Desde luego, mucho más tranquilo que en mis sueños, contesté.

Quizás ése sea el problema, dijo. Está muy cómodo donde está, ¿verdad? Pero obviamente hay algo que intenta salir a flote. ¿Cuál cree usted que es el papel de esas alpargatas? No lo sé, contesté, por eso he venido.

Arqueando las cejas, suspiró con paciencia. Veo que no ha avanzado mucho desde nuestras sesiones, afirmó. Sigue usted jugando en el límite, deteniéndose únicamente ante la amenaza de una caída inminente. Eso le hace sentir vivo, pero quizás necesite otra cosa.

Sí, cedo al deseo, contesté, y sí, me gusta perder el control. Me libera por unos instantes de mí mismo, aunque al final la razón acabe por imponerse.

Su sensualidad le tiene atrapado. ¿Ha tenido alguna vez una erección ante una obra de arte en la vida real?, preguntó. Sí, contesté, a menudo. Comenzaron hace años, con un Sastre en la National Gallery. Muy guapo, por cierto.

Para usted no hay división entre el arte y la vida. Busque en ese sentido, quizás encuentre unas alpargatas por el camino, concluyó.

Creo que por hoy hemos terminado, aunque me parece conveniente que reanudemos las sesiones. ¿Le parece bien? Asentí y, a pesar de no haber sacado nada en claro, salí de la consulta sintiéndome ligero y tremendamente autojustificado.


Plan Cósimo


Os ahorro el trago de la terapia con Pilar Cereceda. Pero tengo que admitir que, aunque en la psicología actual no se estile,  su diván, inspirado directamente en el que Freud tenía en su consulta, me entusiasma. Para los que os animéis a acudir a El Prado, doy una breve visión artística de las piezas. La Bacanal de los Andrios (sala XLII) pintado entre 1523 y 1526 por Tiziano para el Duque de Ferrara, Alfonso d’Este, representa la fiesta dionisíaca en la isla de los Andrios, donde el dios Baco había hecho surgir una fuente de vino. Junto con Ofrenda a Venus, que formaba parte del mismo programa decorativo, fue adquirida en Italia para Felipe IV por el Conde de Monterrey.

Carlos V y el Furor (Rotonda superior) obra en bronce de León Leoni (la coraza del rey es desmontable, como habéis podido comprobar), representa la victoria del emperador sobre el enemigo turco (el Furor), encadenado y sometido a sus pies. La obra, del segundo tercio del XVI, emula las representaciones clásicas de los emperadores romanos, como queda patente en la espalda de la figura.

La escultura contrasta con la dulzura del retrato de gusto neoclásico de Joaquina Téllez-Girón y Pimentel, hija de los Duques de Osuna y Marquesa de Santa Cruz (sala XXXVII) Pintado por Goya en 1805, contiene una rica simbología. El tocado de flores representa la virtud y la constancia de la dama. La lira hace referencia, bien a Terpsícore en concreto, musa de la danza y el canto,  o a las musas en general. En cualquier caso refleja las aficiones de la retratada y la identifica como musa, ella misma, de los artistas de su tiempo.

Las Tres Gracias (Galería), representadas en la Antigüedad siempre vestidas con túnica, son tomadas por Rubens en torno 1630 como una excusa para representar a tres jóvenes desnudas según el exhuberante modelo de belleza dominante en la época. En la mitología clásica eran diosas relacionadas con la naturaleza, la fertilidad  y la belleza. Hijas de Zeus y Eurínome, recibían los nombres de Aglaia (belleza), Eufrósine (alegría) y Talía (florecida).

Créditos: Diván de Freud, por karen Apricot; Bacanal de los andrios, de Tiziano, Marquesa de Santa Cruz, de Goya, y Las Tres Gracias, de Rubens, de Wikimedia Commons; Carlos V y el Furor, de León Leoni, Museo del Prado.


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