7 mayo 2013

Tintoretto. El místico veneciano

Algo siempre se escapa en Venecia. La ciudad de los espejos, en la que los palacios parecen flotar, confunde incluso bajo la luz de verano. Yo la descubrí un noviembre brumoso, en el que las callejuelas parecían desmaterializarse a cada paso y las sombras se proyectaban sobre la niebla.

Las iglesias ofrecían un refugio de sorda luminosidad. En cada una de ellas, Tintoretto se ofrecía en sacudidas que se sucedían como las notas de un requiem. Conocía su obra, por supuesto. Por el Lavatorio del Prado había sentido siempre una profunda devoción. Pero en Venecia, su figura se manifestaba en plenitud, dramática y abrumadora.

Según ciertos historiadores la atmósfera de la laguna, que parece difuminar los contornos precisos de los objetos y fundir sus tonalidades, pudo haber enseñado a sus pintores a emplear el color de manera más decidida que otros pintores italianos. Esta afirmación, que parece evidente en maestros como GiorgioneTiziano y Veronés, debe matizarse en Tintoretto.

Porque en Tintoretto, color, luz y espacio, son transformados de una forma violentamente personal. Autodidacta de familia de tintoreros, el manierismo se transforma con él en expresión de libertad, una libertad que le dejó manos libres para experimentar, para forzar los límites de la pintura sobre los húmedos muros de los templos venecianos.

Trabajaba sobre un fondo oscuro, después de haber creado maquetas en cera. Lograba así crear escorzos violentos y luces dramáticas, que se proyectan en sus Últimas Cenas como puentes hacia el exterior del lienzo. En el Hallazgo y el Traslado del cuerpo de San Marcos transformó los escenarios en entornos irreales y oníricos, que tanto influirían a De Chirico y los surrealistas.

Pero su gran obra fueron los más de cincuenta lienzos que, por un pequeño salario anual, realizó durante 23 años para la Scuola Grande de San Rocco. En la Capilla de la Crucifixión, Tintoretto logró el efecto envolvente de una imagen total. Es en esta pintura en la que empleó más a fondo sus recursos. El espacio, transformado poéticamente, atrapa al espectador. El movimiento de la la turbulenta multitud que se agita sobre el Gólgota golpea, sobrecoge y seduce en una constante revelación.

La bruma iluminó el Tintoretto de mi juventud. Ahora, cuando me encuentro frente a uno de sus cuadros en un museo, no puedo evitar sentir el escalofrío que recorrió mi espalda mientras caminaba envuelto en la humedad de los canales aquel solitario y gélido noviembre.

Imagen: El Lavatorio, Tintoretto, 1548-1549, Wikimedia Commons.

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