Tío Cósimo en Venecia

por Cósimo de Monroy

A la madre de Gabino le ha embestido una vaca en La Tejera. Está hecha un cristo. Nos retrasaremos unos días en llegar a Venecia. Ocúpate de los niños. Grazie, caro. Baci. Tú hermana, Simoneta.

El mensaje me dejó muerto. Tras una agitada semana en el Lago Como con los Oristano, había recogido en Garda a mis sobrinos Pelayo, de ocho, y Rodrigo, de seis. Morenos y asilvestrados, no habían tardado en enumerarme su repertorio de tropelías veraniegas con los primos Valmarana. Monroy hasta la médula, pensé.

Mi misión era llevarles a Venecia, donde mi hermana les recogería para hacer una travesía en velero hacia Corfú. Yo aprovecharía para hacer un artículo sobre la Bienal de Arquitectura que me habían pedido los de Condé Nast. Fuera de la agenda oficial, el programa incluía a Livinia Pisani, la finalmente divorciada relaciones públicas de la feria.

Ése era el plan. Pero no había opción. Una vaca manchega había cambiado el rumbo del fin de mi verano. Iba a ser tío Cósimo durante unos cuantos días. Así que mejor cambiar el chip. La cosa empezó bien. Jo, tío Cósimo, este coche no tiene DVD, dijo Pelayo. Podemos cantar, propuse. Entonando un elefante se balanceaba, emprendimos camino a Venecia.

Una cálida humedad invadía la ciudad. Cogimos un taxi. ¡Tío, los coches son barcos, las calles son de agua, las casas flotan! En un continuo mira tíotíotío cargado de entusiamo, alcanzamos la Pensione Accademia.

Había sido conveniente sacrificar un poco de lujo por un jardín. Mis compañeros de viaje necesitaban desfogarse. Livinia se sorprendió. ¿El Accademia?, no te pega nada. La chica es un poco estirada. Acordamos vernos al día siguiente.

Con cierto pavor, repasé mentalmente la lista de posibles actividades en Venecia con mis sobrinos. Murano no era una mala opción para la tarde.

Caminábamos por Cannaregio hacia el vaporetto cuando, frente a la Iglesia de los Gesiuti, oí una voz familiar. Lo que me faltaba, ahora arcángeles. Esto me pasa por liarme con un friki. Me di la vuelta. ¿Ena? Allí estaba sobre sus piernas vertiginosas. ¡Cósimo!, exclamó con una sonrisa, y de un salto se lanzó sobre mí, besándome sin pudor.

Pelayo y Rodrigo observaban la escena con la boca abierta. La melena negra, el look gothic chic y la sombra oscura que rodeaba sus ojos no era lo más habitual entre las madres del colegio de La Moraleja.

Oye, ¡qué monos! ¿ahora te dedicas a robar niños? A Jonás le conoces, ¿no? El conocido DJ, al que Ena sacaba una cabeza a pesar de su casco de pelo rizado, se acercó con grandes gafas de sol y vaqueros ajustados. Son mis sobrinos, contesté. Saludad, chicos, ¡estáis pasmados!

Jonás da una sesión mañana en una fiesta de la Bienal, comentó Ena. Lleva tres días arrastrándome por toda Venecia en plan esotérico. Aquí por lo visto hay unos arcángeles agnósticos. Reí. Gnósticos, más bien, interrumpió Jonás sonriente, Sealtiel y Baraquiel. Tela, tú flipa, dijo Ena arqueando las cejas. Pues habrá que verlos, contesté. Suspiró, resignada. ¡Hombres!

En el barroco interior de la iglesia cuatro arcángeles se enfrentaban en las esquinas del crucero. Uriel, el de la espada en llamas, comentó Jonás, guarda las puertas del Paraíso. Me acerqué. Así que éste es el que no me va a dejar entrar. Rodrigo y Pelayo soltaron una carcajada. El tío se va a quedar castigado. Lo tenían muy claro. Tío Cósimo se quedaba fuera.

A nosotros no nos hace falta ¿verdad?, dijo Ena. La miré, sorprendido. Había percibido algo extraño en su voz. Una veta de debilidad. Nunca antes se había mostrado vulnerable. Jonás se dio la vuelta, sonrió y, con ternura, la besó.

Tras quedar para comer el día siguiente, embarqué con mis sobrinos rumbo a Murano, donde me esperaba un mundo de figuritas de cristal mucho más aterrador que las jerarquías angélicas.

II

A Ena la había conocido hace años en una sesión para una revista de moda. Tenía que escribir un texto absurdo. Ella era la modelo. En una pausa, la miré mientras fumaba apoyando su cadera contra la pared. ¿Qué?, me dijo con aire de chica mala, ¿pretendes que me desmaye? Y apagó la colilla con la punta del zapato. Tres horas más tarde estábamos en la cama.

Durante algún tiempo mantuvimos la amistad. Sus relaciones con personajes siniestros se sucedían. Un traficante de armas libanés, un político corrupto, un periodista del corazón. Hacía tiempo que no la veía. Tenía curiosidad por hablar a solas con ella.

Lo conseguí al día siguiente. Tras cubrirme de pintura pegando brochazos a una máscara en un taller de Dorsoduro, los angelitos habían pensado que la mejor forma de quitármela era un baño en un canal.

Cómo corren los cabrones, pensé mientras escapaba. Aterricé en la terraza de la trattoria dorado y sudoroso. Ena me miró divertida. Un Campari per il signore, pidió al camarero. Creo que te hace falta, sonrió.

Entre gritos de ¡pillado!, Rodrigo y Pelayo se abalanzaron sobre mí. Reímos. ¿Dónde está el rockero?, preguntaron. Más quisiera él, dijo Ena. De momento ha cambiado la guitarra por el Mac. Sale más a cuenta. Está preparando la sesión de tortura de esta noche. Se miraron, risueños, y corrieron a perseguir un gato que, desprevenido, se paseaba entre las mesas.

Mientras tomábamos unos bavette nero di seppia me habló de Jonás. Creo que es él, me dijo, el definitivo. Me adora. ¿Y tú?, pregunté. Ena no desvelaba fácilmente sus sentimientos. Sus ojos se humedecieron. Me sonrió. Vamos a tener un niño, me hice la prueba hace unos días. Lo deseo más que cualquier otra cosa, por él. Las lágrimas desbordaron su autocontrol. La abracé. Me das una gran alegría. Te lo mereces, susurré.

Encontramos a Jonás en la Scuola de San Rocco. Mis sobrinos, fascinados, le seguían en su interpretación cabalística de las obras de Tintoretto como si fuese el mismo Luke Skywalker. Mi atención se centró en Ena.

Su mirada se había transformado. Contemplaba a Jonás con dulzura. Intervino cuando llegó a la teoría de la Mujer Mesías y su reflejo en los lienzos las Dos Marías. Chicos, parece que Jesús, cuando vuelva, va a ser mujer, dijo a los niños. Noooo, contestaron, te lo has inventado. Con una sonrisa, se dio la vuelta y me miró. Estaba enamorada.

Llegamos a la Pescheria antes de que comenzase la fiesta de la Bienal. Dando gusto a las peticiones del público infantil, Jonás desplegó su archivo acústico. Hizo aparecer trenes, leones, aviones y manadas de elefantes en el Gran Canal. Mis sobrinos explotaban en carcajadas ante la cara de desconcierto de un gondolero, de los pasajeros del vaporetto, o de los habitantes de los palazzi asomados a los balcones. El rockero era un buen chico.

Livinia, organizadora del evento, no se retrasó. Rubia y delgada, con un vestido dorado, parecía caminar medio metro sobre el suelo. Ena, con un Gaultier metálico, captó el juego. Miró a Pelayo saltando sobre la cabina del DJ y dijo, creo que vas a necesitar ayuda. Sonreí. El sol de septiembre se reflejaba sobre las aguas del canal. La Madrastra se puede convertir en Cenicienta por un día. Me vendrá bien practicar un poco.

Pensé qué opinaría mi hermana Simoneta sobre una babysitter gótica, pero a los niños les entusiasmó la idea. Te debo una, le dije. Es sólo una noche de domadora, contestó con una sonrisa. Lo pasaremos bien, ¿verdad chicos?

Livinia no me lo puso difícil. Tras dejar claro que era la estrella de la fiesta, bajó el puente levadizo. Después de un divorcio traumático quería distraerse. Y aquella noche yo era la mejor opción.

Desde la porta d’acqua del Palazzo Pisani ascendimos a sus habitaciones, cubiertas de frescos de Tiépolo y angelotes de escayola. Desnudos, descubrí que la frialdad de aquel perfil aristocrático era sólo una máscara. Livinia, como todo ser humano, necesitaba amor o, al menos, algo que se le pareciese.

III

La mañana siguiente, mientras contemplaba a mis sobrinos sumergirse bajo las olas desde una tumbona del Excelsior, recordé a Fátima. Ena había llegado a un lugar que yacía hace tiempo olvidado. Me asaltó un difuso vacío. Es difícil recuperar los paraísos perdidos. El arcángel Uriel no acepta readmisiones fácilmente.

Pelayo, cubierto de agua y arena, se acercó corriendo. Tío, ¿te bañas?, ¿jugamos a tiburón? Tras revolcarle en cosquillas, nos acercamos al agua. Le llevaba de la mano cuando dijo, Ena es guay. Podías tener una novia así. Sería chulo. Sí, ¿verdad?, reí. Quizás haya llegado el momento, pensé. Y de un salto, entre los gritos de mis sobrinos, me zambullí en las turbias aguas del Lido.


Plan Cósimo


Venecia siempre se muestra diferente. Quizás sea la ciudad que más se transforma en función de la época del año, o del estado de ánimo del visitante. Nunca había visitado Venecia con niños. Hice bien en elegir la Pensione Accademia, un hotel en Dorsoduro, cercano al Gran Canal, con mucho encanto y un bonito jardín.

Si tuviese que elegir entre los hoteles de lujo, me quedo con Ca Sagredo, cerca de Rialto, que conserva una maravillosa escalinata con frescos de Giambattista Tiépolo y los restos del antiguo casino de juego del XVIII en las habitaciones 305 y 306.

Venecia con niños puede ser tremendamente divertida. La ciudad les fascina: la Cárcel del Palacio de los Dogos, jugar a hacer máscaras en un taller como Ca’Macana, ver una demostración de soplado en una fábrica de Murano o darse un chapuzón en el Lido. Aunque las playas no sean las mejores del Mediterráneo, sus casetas y el excelente servicio refrescan agradablemente las tardes de verano.

Y para el recorrido esotérico de Ena y Jonás recomiendo una guía, Venecia Secreta e Insólita, de Jonglez. Las guías de esta editorial no son las más indicadas para una primera visita, pero ayudan a descubrir lugares sorprendentes en ciudades que pensábamos que conocíamos bien.

Y aunque Venecia tiene la reputación de ser la ciudad en la que peor se come de Italia, tengo que decir que, con buen ojo, sólo hay que buscar un poco. Disfruté el blanco soave del Veneto con las especialidades de la laguna en los estupendos Vini da Gigio y la Trattoria Alla Vedova. Y con Ena, en la agradable  terraza Casin dei Nobili, en Dorsoduro.

En Venecia, como en Roma, hay que salirse del recorrido. No decepciona. Cada esquina ofrece una sorpresa.

Dedico este Plan Cósimo a Lorena y Javier, deseándoles toda una vida de felicidad.

Créditos: Campo Santi Apostoli, de Canaletto; Arcángel de los Gesuiti; Última Cena de la Scuola de San Rocco, de Tintoretto; stanza de palazzo; y plano de Bolognino Zaltieri, de Wikimedia Commons; León de San Marcos, de monkeypuzzle; arquería de palacio gótico de decoveracheiver; puesta de sol en el Gran Canal, de rafiq s; imagen cortesía del Hotel Excelsior.


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