• diciembre 9, 2012
  • TIPS

Toscana con pecorino y Brunello de Montalcino

por Cósimo de Monroy

Demasiado idílico. El sol de otoño caía frío y reconfortante sobre el jardín. Desde mi tumbona contemplaba las suaves colinas toscanas. Los árboles, aislados, parecían haber sido plantados por un paisajista insomne. Imposible, demasiado perfecto. Cerré los ojos. Campanas. Oí a Silvana. Estaba grabando con su Mac un video de su línea de joyas de autor. It’s a wonderful day in Tuscany and I’m wearing one of my favorite new models… Su acento italiano sonaba grave y seductor. Se encanta, pensé.

La propietaria del hotel, una recia holandesa, irrumpió en la bucólica escena. A cargo del negocio, tres hijos y dos perros, mientras su guapo marido italiano esquiaba en Aspen, había tomado a Silvana como protegée. Che bello! Veramente carino, decía, arrastrando las erres, ante uno de los colgantes de plata.

La casa, rústica, de piedra vista, tenía un agradable aire campestre. No está mal haberse arruinado un poco, me dije, antes nunca habría venido a un sitio así.

Aquel viaje era en realidad una peregrinación. Tenía una deuda pendiente con unos frescos de Piero della Francesca, y había llegado el momento de saldarla. Partimos hacia Arezzo aquella misma mañana.

En la iglesia de San Francesco, el espacio de la Capilla Balli había sido acotado, aislado del resto de la nave. Al acceder no pude evitar levantar la mirada. Belleza. Los episodios de la Leyenda de la Santa Cruz ascendían, abrazando el espacio, saturándolo.

Mientras mi ebriedad estética iba en aumento, Silvana no se había podido resistir. Paseando su melena negra por la capilla se había lanzado a una magistral performance frente a su iPad.

Estábamos solos. Con la mente ligera, la besé. Su sensualidad desbordaba el vestido ajustado. Noté su excitación. La encantaba hacerlo en lugares intempestivos. El beso, profundo, se prolongó. La capilla permanecía desierta. Naughty boy, dijo, entre risas. Afortunadamente, nadie entró. Deuda saldada, Piero, pensé.

Satisfechos, recorrimos la zona. Pienza, Monticchiello, Castiglione d’Orcia. Era una Toscana agreste y sobria. Los pueblos, encaramados en cerros inaccesibles, encerraban laberínticas calles de piedra desnuda, sin enlucir.

Su sencilla escenografía me sedujo. Silvana, terrenal, se aburría. Me acarició la nuca. Mi piacerebbe un po’ di vino, susurró. Eso está hecho, contesté.

Mi tía Chiara me había puesto en contacto con Donatella Cinelli Colombini, pariente lejana, que tenía una bodega cerca de Montalcino. Nos recibió con un vestido estampado, seria y gesticulante.

Tras un riguroso interrogatorio para localizar mi parentesco con precisión, delegó en Gianluca, el enólogo de la casa. Silvana, ignorada, se dedicó a repasar el contenido del salón con aire indiferente.

Que prueben un poco de todo, dijo, y dele una caja de Brunello, es familia. En la oscuridad de la bodega Silvana al fin respiró, y bebió. Con la vehemencia que le proporcionaban unos rasgos bellamente angulosos, confesó, que sepas que tu Signora Donatella es una hija de puta. Reímos.

Pero el viaje se sentenció en la cena. El hotel, entre las vides, se encontraba entre dos mundos opuestos. Silvana era de Montepulciano, con sus palacios renacentistas y el teatral ascenso hacia la plaza. Yo me quedé con Montefollonico y sus trazos de piedra basta. La perfección de la sencillez, imbatible en los tagliatelle cacio e pepe de Albo, preparados dentro de un gran queso pecorino.

Aún con el gusto de aquel pecorino en la boca alegué diferencias irreconciliables. Silvana volvió a Milán y yo a Madrid. Sé de ella por la prensa. Ha hecho una buena boda y sus joyas se siguen vendiendo, con éxito, en Saks. Su vida parece perfecta, pero estoy seguro de que recordará a menudo aquel divertido fin de semana en Toscana.


Plan Cósimo


Silvana y Cósimo se alojaron en la Suite Blu Notte del Hotel Follonico, Montefollonico. Arezzo es una bonita ciudad medieval en la que, además de los frescos de Piero della Francesca, es un placer callejear. Para los interesados en el tema, tiene un buen Museo Arqueológico (estamos en zona etrusca), y la peculiar Casa Vasari, donde se pueden contemplar los frescos del pintor manierista. La zona de la Val d’Orcia ofrece maravillosos pueblos de espíritu rústico, entre los que destaca Pienza, donde Rosselino llevó a cabo una de las más célebres intervenciones urbanísticas del Renacimiento, integrando el Duomo y el Palacio Piccolomini. Donatella Cinelli Combini ofrece sesiones de cata en su bodega Fattoria del Colle, en los montes de Montalcino, además de un buen restaurante en el que se degustan los vinos de la propiedad. Aunque es difícil encontrar sus vinos en España, se comercializan otros de la denominación Montalcino: Rosso (a partir de 15€) o Brunello (a partir de 30€). Los tagliatelle cacio e pepe se pueden degustar en el restaurante 13 Gobbi, Montefollonico.

Créditos: Fotografías por Francesco Carrani: Paisajes Toscanos; y Javier Vázquez: tagliatelle cacio e pepe; imagen de Piero della Francesca de Wikimedia Commons.


COMPARTIR

SUSCRÍBETE VÍA EMAIL

Lo último en Cosimo

Sígueme en facebook

Sígueme en twitter

Fetch Tweets: Sorry, that page does not exist. Code: 34

INSTAGRAM