• diciembre 4, 2013
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La trampa de Palladio

Por Valerio, Conde Vesta

Ese cretino presuntuoso de Cósimo pensó que se podía llevar el gato al agua. ¡Ja! ¿Creía que iba a dejar escapar tan fácilmente a la presa? Con el acuerdo prematrimonial que el cabrón de su padre me hizo firmar me habría quedado sin un euro. No, señor príncipe, ella es mía. Condesa Vesta hasta la muerte.

Blanca tenía espíritu, hay que admitirlo. Cuando la conocí en una cena en la Villa Valmarana me impactó su carácter. Seducir contra reloj a aquella criatura salvaje entre las colinas de Vicenza no fue tarea fácil. Belleza y fortuna son una mala combinación en una mujer.

Pero yo jugaba con ventaja. Su padre y mi primo no pensaban más que en cerrar un provechoso negocio con la Reggione. Blanca comenzaba aburrirse y había decidido realizar una inmersión en Palladio. La Principessa se había ofrecido para hacer de guía. No me costó mucho convencerla de que la mujer de mi primo no tenía ni idea de arquitectura y que, por supuesto, debía ser yo, entusiasta del artista, quien se la mostrase.

Villa Valmarana

Las finanzas de mi familia habían tocado fondo. Afortunadamente mi padre había fallecido. Un alcohólico rodeado de buitres no había resultado el mejor administrador para una ya dilapidada fortuna. Los tiempos del Imperio habían pasado, y con ellos nuestra influencia en Viena. El palacio de Trieste se encontraba al borde del derrumbe.

El grupo industrial de los Albi era lo mejor que me había pasado por delante. No podía dejarlo pasar.

A Blanca le gustaba jugar. Risueña y enérgica, exhibía en cada paso una inagotable energía. Era inteligente y provocadora, pero como todas las niñas malcriadas, tenía un punto débil. Siempre conseguía lo que quería. Los caprichosos resultan presa fácil. Sólo tuve que lograr convencerla de que lo que quería, era yo.

Supe desde el principio que le atraía. Un conde italiano no está mal sobre el papel. Además, hace diez años, mi cuerpo aún mantenía su perfil atlético. Mis claros rasgos austrohúngaros me proporcionaban un aire fríamente sofisticado. Supe utilizarlos bien.

Villa Capra, La Rotonda, Palladio

Logré que nos cerraran Villa Rotonda. Un lacayo de los Valmarana abrió las cuatro grandes puertas del pabellón. Blanca se tomó su tiempo. Una pura fachada. Los italianos sois así, ¿verdad?, dijo arqueando las cejas. Sonreí. Admitirás que tiene su encanto, contesté. Sí, como esta villa, comentó con desgana dirigiendo la mirada hacia la cúpula. Maravillosa para una fiesta pero imposible para convivir con ella.

Lo tomé como una declaración de guerra. No me detendría hasta que aquella niñata presuntuosa cayese rendida ante mí. No hay mente frívola que se resista a la perversidad.

Tras su aparente prepotencia Blanca resultó tan inocente como esperaba. Había recibido demasiados halagos. Nunca se puede llamar a la belleza por su nombre si se pretende seducirla.

Cúpula de Villa Capra, La Rotonda, Palladio

Contemplando la vista sobre la llanura desde la Rocca Pisana alabé su oscuridad, su desprecio por lo vulgar, su naturaleza rebelde. Atrapada por mi mirada, su pretendida seguridad comenzó a derrumbarse.

En el coche, de camino de Vicenza, alimenté su imaginación con un pasado familiar poblado de húsares, batallas y emperatrices. Imágenes exóticas y atractivas frente al frío pragmatismo de su entorno burgués.

Me sentí satisfecho. Su fingida indiferencia no lograba ocultar una nota de desconcierto. Había comenzado a tejer el cabo que ahogaría su libertad.

Basílica Paladiana

Comimos frente a la Basílica de Palladio, bajo el tibio sol de primavera.  Conseguí hacerla reír. Era su turno. La dejé hablar. Durante la conversación apenas mencionó a su familia. Era evidente que no le interesaba. Me habló de Cósimo. Cuando surgía su nombre sus ojos claros se llenaban de luz. Identifiqué la amenaza, pero no la consideré peligrosa. Blanca no era consciente de que le amaba y, por lo que me contó, el príncipe parecía un personaje un tanto disperso.

En su mirada percibí que se había abierto una ventana. Debía aprovecharla. La levedad de Blanca pronto encontraría una nueva distracción.

Visitamos a solas el Teatro Olímpico.  Reforcé mi ofensiva arriesgando un rechazo que habría sido catastrófico. Pero no ocurrió. Blanca, con sonrisa cómplice, me siguió tras los decorados cargados de falsas perspectivas. Allí nos besamos. Su cuerpo se hizo mío bajo el vestido. Sólo tuve que esperar unas horas para poseerla en la villa bajo una bóveda saturada de frescos de Tiépolo.

Teatro Olímpico, Vicenza, Palladio

Allí clavé a Blanca a mis deseos. No fue difícil romper su voluntad. Tras su estancia en Italia me trasladé unos meses a Madrid. Mientras jugaba a ser el perfecto yerno y cuñado, comencé por sugerir que había utilizado el lápiz de labios equivocado, que su comentario en la cena había sido inapropiado y que sus razonamientos resultaban algo torpes. En unos meses logré destruir su mundo.

Ya en nuestra ostentosa boda había expulsado al capullo de Cósimo de sus pensamientos. Ni siquiera le prestó atención tras la ceremonia.

Cuando nos instalamos en Trieste fue todo mucho más fácil. Aislada y sin defensas, estaba en mis manos. La hundí. Dotada por su familia con una considerable fortuna, durante diez años Blanca se convirtió en mi prisionera y mi sustento.

Es cierto, los prisioneros a veces escapan, pero no por ello dejaré de ser yo su amo y maestro. Tras la huida a Reims con ese príncipe de opereta bastó una llamada para que volviera conmigo. La semilla de culpa que planté crece muy dentro de ella. Y tengo a las niñas. ¿Qué puede hacer Cósimo contra una década de sumisión? Aquí te espero, Monroy. ¡Atrévete a volver!


Plan Cósimo


Vicenza, entre Verona y Venecia es una escala perfecta en un viaje por el Véneto. La ciudad es en gran medida una creación de Palladio y sus discípulos y mantiene el encanto de las poblaciones pequeñas. Indispensable y difícilmente evitable por su tamaño es la Basílica y los palacios que flanquean el Corso Andrea Palladio. Pero la visita que resulta sobrecogedora es sin duda el Teatro Olímpico. Sentado en su cávea semicircular al más puro estilo romano, es difícil no perderse en las intrincadas perspectivas de su decorado manierista.

El sacrificio de Ifigenia, Villa Valamarana, Giambattista y Giandomenico TiépoloPor supuesto, es imprescindible la visita a La Rotonda. Resulta conveniente comprobar los horarios de apertura del interior de la villa, bastante restrictivos. Desde allí se puede caminar por un agradable sendero hacia la Villa Valmarana. Es una auténtica delicia del siglo XVIII, aún habitada por los príncipes homónimos, cubierta de frescos de los Tiépolo y con una ubicación insuperable. Es una lástima que muchas de las villas de Palladio de la zona, aún en manos de sus propietarios originales, no sean visitables, pero Italia es así. Se puede intentar visitar la Rocca Pisana, en Lonigo, una reinterpretación de La Rotonda de Sacamozzi, discípulo de Palladio.

Vale la pena visitar las Coli Berici, los montes que se elevan al sur de la ciudad, donde se encuentran una gran cantidad de pequeñas bodegas. La Tenuta Maraveja, además del vino de la zona, ofrece alojamiento sencillo y acogedor. Aunque Vicenza no ofrece grandes hoteles, recomiendo Villa Pasini, pero mejor opción es el Due Torri en la vecina Verona. Para comer una pizza, el clásico frente a la basílica es Al Paradiso. Muy cercano y más actual es Angolo Palladio. Para cenar optaría por la  excelente cocina de la Trattoria Zamboni.

Créditos: Basílica palladiana y La Rotonda, de Wikimedia Commons; interior de Villa Valmarana por Truus, Bob, and Jan Too; Teatro Olímpico por Mark Strahlberg; y El Sacrificio de Ifigenia de los Tiépolo por Astroalbert.


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