4 noviembre 2013

Ulises, el héroe que no quiso olvidar

Ulises nunca quiso olvidar. Mientras surcaba con los supervivientes de su flota mares oscuros y desconocidos siempre recordó quien era. El rey pastor de Ítaca, a quien esperaba en su isla su vida, su esposa y su país. Penélope.

Un hogar que nunca quiso abandonar. Cuando el anciano Néstor fue en su busca para que se incorporase a la expedición contra Troya, Ulises se fingió loco arando con un asno y un buey sembrando guijarros en lugar de trigo. Su hijo Telémaco acababa de nacer. Él era el único heredero de Ítaca. ¿Qué le llevaba a tierras lejanas?

Su resistencia se vio justificada. Tardó veinte años en volver a casa. Diez años de guerra y otros diez vagando al capricho de los dioses. La constante en este largo camino es el nostós, término griego del que deriva nuestra nostalgia. Ulises siente con dolorosa intensidad la ausencia de lo querido, de lo deseado.

Por ello este personaje se ha convertido en un pilar de la literatura occidental. Representa al hombre en su vagar, en su lucha por intentar lograr algo que siempre se le acaba por escapar. En dos ocasiones divisa Ítaca con la mirada y es arrastrado  a mares extraños por la tormenta.

En Troya Ulises se enfrentaba a hombres. Hombres que hablaban griego, comían pan, bebían vino y sufrían los arbitrios de los mismos dioses. Pero en su retorno se ve lanzado a tierras bárbaras, pobladas por cíclopes y sirenas. Monstruos que comen carne humana y seres divinos que se alimentan de néctar y ambrosía.

Para superar los obstáculos siempre se sirve de la misma arma: la palabra. Porque, como le grita al cíclope tras haberle cegado, es Ulises el de las artimañas. Cautivo, le había engañado diciendo ser Utis, Nadie. Un nombre establece un vínculo, es concreto, específico. Pero Ulises en la caverna del cíclope no es nadie, es libre para romper las reglas de la hospitalidad. Entre bárbaros el griego pierde su identidad, su lugar en el mundo.

Y por ello niega el olvido. Porque para un griego olvidar su origen es admitir la muerte. Mientras su tripulación se deja deslizar hacia la perpetua ebriedad entre los Lotófagos, él se resiste. Aquel estado de beatitud e ignorancia nada tiene que ver con la areté, la virtud que inspira al hombre griego.

El mismo patrón se repite en distintos episodios. Circe la hechicera, que había transformado a sus compañeros en cerdos, se enamora y vive con él en su palacio un largo romance. Pero Ulises sabe que aquella no es más que una escala, que deberá marchar.

Más adelante, tras haber perdido a todos sus hombres en un naufragio llegará a la isla de Calipso, un lugar fuera del espacio y del tiempo, un jardín en que la ninfa le ofrece la juventud eterna, la inmortalidad. Para ello debe quedarse con ella y olvidar Ítaca.

Pero Odiseo se siente triste. Mira al horizonte sumido en un mar de lágrimas. Nostós. El paraíso está allí donde reside el deseo. Y su deseo está lejos, en Ítaca. Calipso debe ceder a su amado. Con el apoyo de los dioses, la abandona.

Es fácil perderse entre cantos de sirena. Salir del hogar, de lo cotidiano, es internarse en un laberinto. Pero Ulises se mantiene firme. Su guía es el recuerdo. El recuerdo de Penélope, de su hijo Telémaco, de sus rebaños de Ítaca. Muchos desearíamos tener su voluntad.

Imagen: Hidria de Ulises y las Sirenas, Ática, siglo V a.C., Wikimedia Commons

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