Una terapia vienesa

por Cósimo de Monroy

Creo que quiere volverme loco, doctora, dije tumbado en el diván. La doctora Cereceda me miró desde el sillón, haciendo descender sus gafas. Su cardado osciló imperceptiblemente.

¿A quién se refiere?, contestó inclinando la chaqueta hacia delante. El Autor, afirmé. Ya, sentenció en tono severo. El silencio se prolongó durante unos segundos mientras revisaba sus notas.

Y dice usted que ocurrió en Viena. ¿Cómo empezó?, preguntó.

Fue en el Museo de la Ciudad. Un museo interesante, pero bastante vulgar, afirmé con cierta ansiedad. No divague, se lo ruego, interrumpió. Continué. Ascendía por la escalera hacia el primer piso cuando me encontré frente a él. El Conde de Fries.

Johann, Conde de Fries, Angelika Kauffmann

¿Y bien?, me animó la doctora. Proseguí. Me sentí paralizado, como si aquel pomposo personaje del retrato de Angelika Kauffmann me hubiese atrapado. Algo en mí sucumbió.

Como cuando se enamora, comentó la doctora. Exactamente, ya sabe que soy de flechazos, asentí. Inmóvil, me sumí en un estado de turbación, de ahogo. Mi piel se hizo sensible, sutil. No pude evitar una erección.

Señor Monroy, eso en usted no es novedad, comentó. Es cierto, pero esta vez fue diferente, contesté. Su presencia me envolvió. Como si hubiese salido del cuadro.

Oí su voz, una grave voz masculina. Hablaba en alemán, claro. Salgamos de aquí, me dijo.

Sin voluntad, le seguí. Recorrimos el Ring hacia el Belvedere en silencio, . Tras acceder a los jardines desde el pabellón inferior, los grupos de turistas desaparecieron.

Canaletto, Jardines del Belvedere, Viena

A nuestro paso, como en un sueño, los parterres se convirtieron en estampas de Watteau. Mujeres pálidas con peluca y trajes de seda paseaban con caballeros en casaca. Nos sonreían como si fuésemos parte del cuadro. Una orquesta tocaba el andantino del concierto de arpa de Mozart.

Johann se detuvo, apoyándose sobre una esfinge. Así era entonces, afirmó con satisfacción. Era alto. Su mirada había perdido la suavidad del retrato. Como su cuerpo y sus gestos, emanaba firmeza.

Entramos en el palacio y ascendimos por la escalinata. Me llevó hacia una sala circular. Bustos y cabezas se disponían sobre peanas. Los rostros grotescos de Metterschmidt contemplaron mi desconcierto. Mi favorito es el Ahorcado, comentó Johann. ¿Nunca te has sentido así? Es probable que no tardes en hacerlo, dijo con sarcasmo.

El Ahorcado, Messerschmidt

Minutos después me encontré en una suite del Hotel Imperial cargada de telas brocadas, muebles Luis XV y cortinas en amarillo Schonbrun.

En la oscuridad, me sentí lanzado bajo el dosel. Mi ropa se disolvió. Su presencia giraba a mi alrededor como una nube metálica, ahogando mi respiración. Tumbado sobre la cama, noté su tacto recorrer mi cuerpo. Con un gesto brusco me hizo girar. Sabía que debía resistir, pero mi voluntad cedió. Sin aliento, me rendí.

La doctora Cereceda había guardado silencio. Cuando me detuve, preguntó, ¿Y cómo terminó? Le ahorro los detalles, contesté. Pero al despertar encontré a mi lado, en la cama, un plato de tarta Imperial (ya sabe que en el Hotel Imperial no sirven Sacher).

Tarta Imperial, Viena

En Viena todo se soluciona con un plato de tarta, comentó la doctora.

–   ¿Se la comió?, preguntó.

–   Por supuesto. Estaba muy buena.

–   Vamos, que se quedó encantado.

–   Doctora, ya sabe que soy abierto de miras.

–   Pero no se mete uno en la cama todos los días con un espíritu del XVIII.

–   La verdad es que Johann había sido un poco agresivo, pero de vez en cuando no está mal experimentar.

La doctora me miró con desaprobación. Lo que me ha contado oscila entre un brote psicótico y una fantasía sexual, aunque conociéndole me inclino por la segunda. Sinceramente, no comprendo su turbación. Al Autor debería usted darle las gracias.  

La cuestión es que la cosa no quedó ahí, contesté. La doctora suspiró. Veo que se le sigue escapando el concepto de medida. Continúe.

Cené en el Schwarzen Kameel con los Kollenberg. Isabel es íntima de mi hermana Simoneta. Se casó con un noble local y ahora vive en un castillo a las afueras de Viena. Supongo que me notó distraído. Preguntó si había ligado. Sonreí y lo tomó por un sí. Pues ya me la presentarás, dijo, me tienes un poco despistada últimamente. Si tú supieras, pensé yo.

Atleta de Éfeso, Kunsthistorisches Museum, Viena

No ocurrió nada hasta el mediodía siguiente. Aunque, para ser sincero, no había podido quitármelo de la cabeza durante toda la mañana.

No pude evitar ver sus manos en el Atleta de Éfeso, ni contener mi estado de exaltación en el Leopold. Frente a las obras eróticas de Schiele sentí un intenso deseo de masturbarme.

Espero que no lo hiciese, interrumpió la doctora.

Café Sperl, Viena

No, no lo hice. Me di un paseo por Naschmarkt y me dirigí al Sperl, mi café favorito. Tomaba una Sacher cuando la pluma del sombrero de Johann rozó mi mejilla. Tengo que admitir que sufrí un ataque de pánico. Con un revolcón ya había tenido bastante.

Normal. ¿Y qué ocurrió?, preguntó.

Me habló. Creo que te gusta demasiado caer en la tentación, dijo mirando la tarta. Me pregunto si es curiosidad o simplemente morbo.

En un instante nos encontramos en el Albertina, frente al Ala de Ave de Durero. Una obra maestra ¿no es cierto?, afirmó. Era una de las piezas más preciadas de mi amigo el Archiduque. Al contemplarla, siempre he pensado lo mismo. Cósimo, ¿nunca te han cortado las alas?

Ala de Ave, Durero

Con esa frase desapareció. Se puede imaginar mi estado. Llamé a Isabel y pedí refugio en Kollendorf.

–   ¿No ha vuelto a aparecer?, preguntó la doctora.

–   Sólo en sueños. Repite una vez tras otra aquella frase.

–   Señor Monroy, esto no tiene buena pinta. Vamos a tener que profundizar. Un último punto antes de terminar. ¿Por qué me dijo que el Autor quiere volverle loco?

Guardé unos segundos de silencio.

–   Creo que el Conde de Fries era el Autor.

Con un suspiro, la doctora dejó caer su pluma sobre el cuaderno de notas. Lo sospechaba, contestó. Se trata de una deriva peligrosa. Creo que durante los próximos meses no me va a faltar trabajo.


Plan Cósimo


Museos en Viena. Os doy mis highlights. Vermeer, Breughel y Arcimboldo en el Kunstistorisches. El Atleta de Éfeso y las armaduras y espadones (muy bizarros) en la sección del Neue Burg. El ala de ave de Durero en el Albertina. La colección de la Wiener Werkstätte en la sección Wien 1900 del MAK. La sala de Messerchmidt y los paisajes de Attersee de Klimt en el Belvedere. Ver muebles del rodaje de Sisí con la película de Sisí en el Hofmobiliendepot (para partirse). Las flores de Schiele en el Leopold. Por supuesto, la Prunksaal de la Biblioteca del Hofburg (impresionante). Y todo, todo lo de Otto Wagner.

Candelabros, Hofmobiliendepot

Pero aparte de los museos, sin duda, lo mejor de Viena son los cafés. En los cafés, además de tomar café, se lee, se come y se charla (aunque sin levantar mucho la voz, estamos en Austria). Mi favorito es el Sperl, un salto al siglo XIX. Más en la Píldora.

Der Schwarzen Kameel es imbatible en las cenas. Mucho sabor y mucha solera. Tampoco son mala opción el Artner, con estupendos vinos de la zona o, si apetece algo rabiosamente Sonrisas y Lágrimas, el Zum Weissen Rachfangkehrer.

Es obligado un paseo por Naschmarkt, el mercadillo de Viena. Un vino en el Neni resulta muy cool & chic. También encontraréis gente guapa en la terraza del Palmenhaus, antigua Orangerie de Hofburg. En el antiguo patio de un palacio barroco está Freyung 4, con mucho ejecutivo afterwork. La terraza escondida Amerling Beisl, en el 7, cubierta por una parra, no tiene precio.

Hablando de hoteles, los que os podáis permitir una suite en el Imperial no lo dudéis. Le han sacado brillo pero sigue teniendo mucho encanto. Aunque pensándolo bien, puede ser mucho más divertido el 25hours. Céntrico, fresco y con una estupenda rooftop terrace. Un gran descubrimiento.

Créditos: Café Sperl por carolinamibia; Tarta imperial por *key1jp; imagen de Canaletto de Wikimedia Commons


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