• diciembre 11, 2013
  • TIPS

¿Un vals?

Para escuchar mientras se lee, Tempo de vals de la serenata de Dvorak (muy recomendable)

por Cósimo de Monroy

Su silueta ascendía hacia los salones por la ancha escalinata de mármol. El Conde Vesta la sujetaba del brazo. Sentí el negroni amargo en la boca. Mi rostro palideció. Otra vez no, pensé. Deseé escapar del baile.

El roce de los fracs y los cuellos almidonados producía un sonido sordo, ajeno a la orquesta que tocaba en el salón. Los polisones crujían sobre el parquet bajo amplios escotes y aparatosos tocados.

Palacio Cerralbo

Camila de la Riba, con quien había mantenido una divertida conversación, me miraba desconcertada. Mi hermana Simoneta acudió con un vestido de seda azul. Camila, préstame a mi hermano un rato. Le necesito para una operación delicada.

Me cogió del brazo. Les he visto, susurró. Tienes tus cosas, no digo yo que no, pero esto no se lo merece nadie. Esa mujer no tiene corazón. Sonreí. Bueno, ¿y ahora qué, querido? ¿Le vas a besar la mano?, dijo indignada mi hermana.

¿No te estás poniendo un poco trágica?, contesté. A ver guapo, replicó, tú la querrás mucho, pero a Blanca Albi no le voy a conceder ni un segundo más de indecisión. Ya has tenido bastante. Suspiré. Aquello se me había ido de las manos.

Simoneta Inspiration

La fiesta 1900 del Cerralbo había sido una excusa perfecta para sacar las joyas familiares del fondo de las cajas de seguridad. Simoneta llevaba la tiara Scarpa y una deslumbrante rivière.

Tras pedir otro negroni y un kir royal, me arrastró a un salón anónimo tras una ménade de bronce. Cósimo, tienes que reaccionar. No puedes seguir así, afirmó. Miré mi copa y respondí con una sonrisa. Prefería al frívolo insustancial, dijo entre sus diamantes. Con cariño le arreglé el aderezo. Un broche se había torcido. Ése nunca ha existido, contesté y, con un beso en la mejilla, me levanté y ascendí por la escalera.

Estaban en una esquina del salón de billar. Blanca llevaba un vestido marfil con un gran cuello y un chal rojo. Un camafeo remataba en su cuello una gargantilla de perlas barrocas. Saludé. Valerio se inclinó, teatral. Príncipe, es un honor, dijo con su habitual cinismo. Su cabello rubio cubrió mi mano.

Blanca Inspiration

Sonrió. Su melena trenzada recordaba las esculturas clásicas. Incliné la cabeza. Condesa, dije. Emitió una leve carcajada.

Al oír el sonido de su voz, ocurrió de nuevo. Durante unos instantes Valerio se desvaneció, la orquesta se detuvo, los invitados enmudecieron. Sentí el roce de los pliegues de su falda, el sonido de sus brazos al moverse, el susurro de cada respiración en su pecho.

La voz de Constanza me sacó del trance. Deberías llevar frac más a menudo, resulta muy favorecedor, dijo cogiéndome de la cintura. Me sentí desconcertado. Blanca, querida, estás ideal, comentó. Éste debe ser tu marido, qué escondido le tenías. Llevaba un traje negro con un gran escote. El contraste con su palidez le favorecía.

Constanza Inspiration

En el rostro del conde emergió una sonrisa felina. Creo que necesitamos más champagne, sugirió, los camareros se han olvidado de nosotros. Voy contigo, afirmó Constanza. Lo que sea por una copa.

Nos quedamos solos. El baile había comenzado. Sonaba un vals. La miré fijamente. Sus ojos me rehuían. Se sentía incómoda a solas conmigo.

–   Te echo de menos.

–   Lo sé. Yo también.

–   Las niñas deben estar contentas. Valerio ha vuelto.

–   Cósimo, no pude hacer otra cosa.

–   Siempre se puede.

–   Para ti es fácil. Eres libre, no tienes ataduras.

–   Ahora sí. No puedo dejar de quererte.

–   Fuimos felices aquellos días en Reims, pero todo ha cambiado.

–   Sé que no le quieres. Es un ser despreciable.

–   ¿Nunca vas a parar? ¿Qué quieres de mí?

–   Hoy sólo quiero que bailes conmigo.

Por fin sonrió. Se limpió una lágrima y me ofreció el brazo. Juntos, bajamos hacia el salón de baile.

Palacio Cerralbo, Salón de Baile

La orquesta tocaba el tempo de vals de la serenata de Dvorak. Los invitados se refugiaban tras sus copas para no arrancar el baile.

Atravesamos el gran salón. Cogí a Blanca por la cintura y comenzamos a bailar. Agradecí a mi abuela Beatrice su perseverancia. Un caballero que no sabe bailar un vals no es un caballero, decía siempre. El centro de la sala se despejó de inmediato. Las conversaciones se detuvieron. Se extendió un murmullo de sorpresa.

En pocos segundos dejé de sentirme observado. Ebrio de euforia, deseé que la orquesta no se detuviese, que la realidad se redujese a nosotros girando unidos en aquel disfraz.

Valerio y Constanza se incorporaron. Tras ellos el suelo se fue cubriendo de zapatos negros y sedas que volaban en cada giro. Dvorak dejó paso a Strauss. Simoneta dijo algo a Constanza antes de comenzar la siguiente pieza. El conde se acercó, deteniéndose ante nosotros. Si me lo permite le voy a robar a mi esposa, príncipe, dijo con una falsa sonrisa.

Asentí y tomé de la mano a Constanza. El embrujo se había roto, pero mientras retomaba el baile supe que con Blanca aquella noche había sido otro, un extraño. Me sentí turbado. Algo necesitaba cambiar.

Cósimo InspirationLa historia entre Blanca y Cósimo arranca en La belleza encerrada y continua en Champagne, ex aurea mediocritas.


Plan Cósimo


El Marqués de Cerralbo, político, académico, escritor, coleccionista y arqueólogo fue un personaje clave en la cultura española de fines del siglo XIX y principios del XX. Carlista militante, en sus constantes viajes por Europa y en las excavaciones que realizó en sus propiedades rústicas, reunió una colección de un sumo eclecticismo. Arcabuces, armaduras orientales, vasos griegos, obras de El Greco, Tintoretto y Van Dyck, lámparas de Murano, objetos de la Edad del Hierro y una sobrecogedora colección de artes decorativas propias de su época, conforman una colección única que nació con vocación de museo desde sus inicios. Los marqueses tenían como objetivo crear una galería a la manera italiana, abierta al público culto.

Palacio del Marqués de CerralboPara ello construyeron el edificio en el que actualmente se encuentra el museo, cuyas obras finalizaron en 1893. Hoy, su gran encanto reside en que la idea de casa-museo con el que se creó sigue intacta. Gracias a su reciente rehabilitación se han recuperado los recargados ambientes en los que se une el mobiliario propio de los salones y dormitorios y las obras de arte, tal y como se exponían en su época. Siempre me han encantado el gran comedor y el salón de baile, un espacio único en Madrid.

Los retratos elegidos a modo de inspiración de los modelos de los personajes abarcan la segunda mitad del siglo XIX, arrancando con La condesa de Vilches (en azules), de Federico de Madrazo, pintado en 1853. Madame X (en negro), de Sargent data de 1885, mientras que el retrato de La duquesa de Portland (en marfil), del mismo autor se pintó en 1902. El retrato masculino no es otro que el propio Sargent pintado por Boldini, de 1890.

Créditos: Condesa de Vilches, de Federico de Madrazo; Winifried, Duquesa de Portland y Madame X, ambas por Singer Sargent y el propio John Singer Sargent, por Boldini, de Wikimedia Commons.


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