• abril 9, 2013
  • TIPS

Las vanidades de Cósimo

por Cósimo de Monroy

Juan cogió la copa de vino de la barra ¿Recuerdas El Sueño del Caballero?, preguntó. Lo vi el otro día en la Academia. Me acordé de ti. Le miré. Esa frase marcaba siempre el inicio de un ataque. Sonreí.

Con mirada burlona contempló mi reacción. Una leve tensión resaltaba la belleza angulosa de su rostro. Dio un trago a su copa. La barba, afilada y oscura, le daba un cierto aire mefistofélico.

¿Cómo te va con el blog?, dijo fijando la mirada sobre mí. Te estás haciendo famoso. Su boca se iluminó en una sonrisa. No va mal, contesté. No acabo de entender muy bien por qué, pero a la gente le gusta.

Claro que lo sabes. Con la espalda contra la barra su torso parecía crecer bajo la camiseta. Eres el caballero que se sueña a sí mismo. ¿A quién puede no gustarle? Es irresistible. Te has reinventado como siempre quisiste ser, sin fisuras. Un campo de juego perfecto para tu vanidad. Vació el final de la botella en su copa.

Todos jugamos con nuestra vanidad, contesté. Tú te proyectas en tus obras, yo en mi blog.

Juan sonrió. Me miró de reojo. ¿Sabes cómo te veo? Como un enorme florero. Solté una carcajada. Eso es muy facilón, contesté.

No un florero cualquiera. Tú antes muerto que vulgar. Uno de Arellano, como el que tiene tu madre. Cada flor trasmite un matiz, un color, un estado. Cada una de ellas es una obra perfecta en sí misma, completa. Pero no son más que flores. Y cuando se marchitan hay que cambiarlas. Si no, el ramo no resultaría atractivo. Y eso Cósimo no lo puede permitir.

No sé qué decirte, contesté. Me veo más entre las uvas del Labrador, tentadoras y sensuales, y la perdiz de Sánchez Cotán, dispuesta para ser escabechada. Depende del momento, uno tiene sus días. Reímos.

De camino hacia el García, en la Plaza de las Comendadoras, cogiéndole por el hombro, le besé en la mejilla. Eres un capullo macarra, ¿lo sabías? Sonrió. Y tú un pijazo pretencioso, contestó, cogiéndome de la cintura. Por eso nos entendemos.

Le conocí hace unos años, en la inauguración de una exposición de su obra. Iba en vaqueros, con una camiseta negra. No dudé ni un segundo que era el artista.

Las fotografías, en blanco y negro, estilizadas, plasmaban instantes fugaces y simbólicos. Me sorprendió su presencia. Lejos del estado de falsa adulación que se encuentra en estos eventos, Juan simplemente estaba, y observaba. Sus ojos rasgados contemplaban el ajetreo del público desde una irónica distancia. El pelo rizado remataba su aspecto burlesco. Me acerqué a él.

Habló de forma entusiasta del Barroco. De cómo intentaba llevar los principios de la vanitas, la naturaleza muerta, a la fotografía. La sencillez y la austeridad de la mirada le fascinaban. Perseguía la idea de la contingencia. Nada permanece.

Nos hicimos amantes. Hacer el amor con Juan era una prolongación dialéctica de la conversación. No cabían las treguas.  En su loft de Malasaña, que ocupaba el espacio de una antigua imprenta, al vino y la discusión sucedía, sin solución de continuidad, una modalidad de lucha grecorromana tan estimulante como agotadora.  Nuestra amistad se estrechó. La tensión nunca llegó a desaparecer.

Aquella noche, en el García, hablamos de vanidades y de sombras. Juan mencionó el Mito de la Caverna platónico. Yo mismo, dijo, si apareciese en uno de tus planes, no sería más que una sombra proyectada en el blog. Como en aquella instalación de Feldman en la que muñecos y juguetes giran ante un foco, lanzando sus siluetas sobre la pared.

Tienes razón. En los Placeres y los Días los límites entre realidad y ficción son confusos, contesté. Si tú apareces, serás tú transformado por mi mirada. Creo que no me costará mucho. Estarás igual de bueno. Juan rió.

Comimos y acabamos con otra botella de vino.  Me ofreció un whisky en su casa. Siempre me había sentido a gusto en aquel espacio imposible. El suelo de hormigón y las paredes blancas se entrecortaban en entrantes destinados a las antiguas máquinas de impresión. En el centro, entre dos sofás de cuero viejo, la siempre presente botella de Glenrothes se erguía sobre una corroída mesa metálica.

Paseé mi mirada sobre los grandes formatos de Juan y me serví una copa con hielo. El sofá me acogió, confortable. Es una lástima desperdiciar el talento, dije mientras comenzaba a sonar el decadente New York de Cat Power. A veces te ayuda, y otras te hace volar por los aires, pero en estos tiempos es lo que nos diferencia. Llámalo vanidad.

Juan se acercó con su copa. Cósimo, no tienes solución, dijo sonriente y con su habitual gesto impulsivo, me cogió la nuca y me besó. Me aparté. ¿No habíamos quedado en que era un florero? Sonrió. Supongo que a todos nos gustan las flores de vez en cuando, contestó, y me volvió a besar. No me retiré.


Plan Cósimo


No me gustan las etiquetas. Nunca me han gustado. Pero hay que reconocer que todos nos acercamos (en mayor o mayor medida, eso sí) a algún tipo. Yo el día que quedé con Juan llevaba ropa de Patch. Camisa de cuadros, pantalón gris y una chaqueta de algodón azul marino. No soy un moderno. A nadie le sorprende, ¿verdad? Pero siempre actualizado, eso sí. Patch me gusta porque renueva los clásicos con un aire fresco y casual. Prendas versátiles con estilo y calidad.

Y nada mejor para una tarde con amigos que un plan de vinos por Conde Duque y Malasaña, en Madrid. Con Juan estuvimos primero en Muy, tomando un Luna Beberide, mencía del Bierzo. Si os apetece picar os recomiendo la cecina y un queso portugués, el azeitao, que os sorprenderá. Más tarde cenamos, como tantas otras veces, en el García, un restaurante genial con muy buenos precios en la calle de La Palma. La sonrisa de Emilio consigue que siempre te sientas como en casa. Juan y yo bebimos Ad Gaude, un muy rico vino de Alicante. En el García, estupendo el cocido, os lo recomiendo. Por la zona muy buenas las tapas de la Taberna la Dichosa y Palma 60. En Toma, en la calle Conde Duque, estupendo el brunch.

Y hablando de whisky. Aquí algunos que me encantan. La maravillosa botella de Glenrothes ofrece una amplia escalada de reservas a partir de 30€. No hay destilería que se precie en Escocia que no tenga fantasma, y Glendronach lo tiene. Su 12 años, en torno a 45€, es excelente. Para los tintinófilos, buenísismo el Loch Lomond, el whisky del Capitán Haddock. Su malta se encuentra a partir de 25€. Con una gran fuerza y carbón en cada trago, mis favoritos son los whiskys de Islay, como el Lagavulin. Su 16 años ronda los 50€. Cat Power y su New York, perfecto para disfrutarlo.

Agradezco su colaboración a Ángel Parada, maestro epicúreo y amigo.

Créditos: El sueño del caballero, de Pereda, en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, y las obras de El Labrador, en el Museo del Prado, y Arellano, del Museo de Bellas Artes de Bilbao, de Wikimedia Commons. Fotografías cortesía de Patch y el García.


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