Venus y Adonis, Veronés

19 septiembre 2014

Veronés, la libertad y el color

No descubro nada nuevo afirmando que la luz es diferente en Venecia.

La atmósfera de la laguna parece difuminar los contornos precisos de los objetos y fundir sus colores. Este sfumato natural sin duda incidió en la percepción de la naturaleza y cómo ésta fue representada por los pintores venecianos.

En el aspecto técnico, la temprana adopción de los artistas de la ciudad de resinas flexibles sobre lienzo abrió un nuevo repertorio de texturas luminosas. La humedad favorecía poco la conservación de las tablas y la pintura al fresco, que continuaron siendo soportes habituales en el resto de Italia.

Lo cierto es que, sobre estas bases, en el siglo XVI, los maestros de Venecia se desmarcaron de los grandes reformadores florentinos. Estos consideraron el dibujo: la perspectiva y la composición, como las bases esenciales de la representación. La línea, no el color, fue siempre la protagonista en Florencia.

Pietro Aretino, defensor de la visión veneciana, exaltó la primacía de la pintura, otorgando prioridad al efecto emotivo que se logra mediante el color y la luz.

Mientras en Florencia una formación basada en el dibujo creó el concepto del artista total que, como Miguel Ángel, practicaba la escultura y la arquitectura, en Venecia el pintor fue únicamente pintor. La piedra, sin color, quedaba fuera.

Se ha considerado a Giorgione el fundador de la escuela y a Tiziano su gran maestro. En la generación que le siguió, la historiografía ha contrapuesto tradicionalmente las figuras de Tintoretto y Veronés. El primero se considera el pintor místico, cuyos dramáticos efectos habrían servido a un personal y heterodoxo fevor religioso. Veronés, por el contrario, se identifica como el pintor de la Venecia Triunfante, de la riqueza y el esplendor de una ciudad que disfrutaba, en el siglo XVI, las rentas de siglos de acumulación mercantil.

Si Tintoretto llevó hasta las últimas consecuencias los principios del manierismo en violentos escorzos sobre fondos oscuros, Veronés, desde un repertorio formal clásico, incidió sobre el color como medio expresivo. En el Museo del Prado, la túnica anaranjada de Adonis (poco adecuada para una jornada de caza) y el manto brocado de Venus, desnuda en el bosque, siempre me han parecido un alarde de libertad expresiva.

Una libertad que le costaría cara. La Inquisición no apreció el ambiente festivo que el artista concibió para La Última Cena de la basílica de San Juan y San Paolo. Situada en un marco arquitectónico concebido por su amigo Palladio, la escena resultaba poco solemne y excesivamente lúdica.

Algunos creadores son incapaces de renunciar a sus principios, y Veronés convirtió el proceso en un alegado a favor de la libertad en la práctica de la pintura. Cambió la denominación de la obra a Cena en Casa de Leví y los inquisidores se mostraron satisfechos.

Los patronos venecianos nunca le retiraron su apoyo. En la Villa Barbaro en Maser, junto con Palladio, creó un espacio en el que la pintura se funde con las formas arquitectónicas. Una niña que surge de una falsa puerta, un cazador imprevisto, banderas apiladas en los rincones y, en los muros, ventanas que se abren a jardines poblados de ruinas. En Maser, el color y el juego de Veronés conquistan un espacio de libertad.

Crédito: venus y Adonis, Museo del Prado, Wikimedia Commons

COMPARTIR

SUSCRÍBETE VÍA EMAIL

Lo último en Cosimo

Sígueme en facebook