• abril 11, 2016
  • TIPS

Watteau como mandala

por Cósimo de Monroy

Así que te has pasado tres meses en el Himalaya para escribir una novela sobre mí. No lo entiendo. Constanza me miraba, desconcertada, sobre su plato de trofie al pesto.

Ejecutivos, señoras acompañadas por la ayuda doméstica y obreros en su hora de descanso paseaban frente a Matteo, el puesto de comida italiana del mercado de la Paz.

No es sobre ti. Digamos que tú me has proporcionado el desencadenante. El cuadro de Watteau, ¿recuerdas?

Watteau, Capitulaciones de boda y baile campestre 3 def

Constanza sonrió con ironía. Relaciones públicas pelirroja (y estupenda), se ve arrastrada por un hombre (siempre es por un hombre) a una historia disparatada (divertida, pero muy disparatada). Cósimo, me he tomado la molestia de leerla. Aunque se llame Paola, soy yo.

Me encogí de hombros. ¿Y qué si eres tú? Nadie te va a reconocer. Cuando lees, no buscas parecidos entre los demás, buscas un reflejo de ti mismo.

Ahora te pones profundo. Levantó la mano y pidió otra copa de vino. ¿No podías haber hecho como todo el mundo y escribir un manual de meditación?

Reflexivo, miré el plato de carciofi. Empecé unas memorias, dije, pero me falló el ego. Reímos.

Watteau, Capitulaciones de boda y baile campestre def

Volviendo a casa, pensé en mi fallido intento autobiográfico. Si había pretendido huir, habría sido absurdo escribir sobre mí mismo en aquel pueblo perdido de Nepal.

Pero, ¿por qué Watteau? En las horas muertas de Jharkot, Las Capitulaciones de Boda habían tomado forma hasta convertirse en un mandala. Mi mandala.

Cuando, meses antes, lo vi en una exposición del Prado, entendí que para Constanza guardase un ideal escondido. Me llamó la atención su delicadeza, el misterio del claro del bosque, la atmósfera tenue, los gestos alegres, la actitud ajena de los novios…

Watteau, Capitulaciones de boda y baile campestre 4

En los trazos cuarteados del lienzo, la profusa frivolidad del XVIII se había hecho íntima. La escena, protagonizada por personajes que parecían vestidos para una función de colegio, se recortaba sobre un decorado de una limpia ingenuidad. No había lugar allí para Valmont. La voluptuosidad era lúdica y vital.

Quizás fue ese el eco que vibró en Jharkot. El eco de una sensualidad luminosa, perdida en un laberinto del que había sido incapaz de escapar.

Recorriendo los detalles de aquel pequeño óleo entre los lomos desmadejados de los yaks y los valles áridos del altiplano, en mi cabeza comenzó a surgir una historia. Una historia que disipó la bruma, y creció, incontenible, a mi vuelta a Madrid.

Al llegar a casa revisé la ilustración para la cubierta de Abe the Ape y pensé que, sin buscarlo, había establecido un juego de espejos demasiado cercano a la realidad.

Revisé mis mails y recordé que mi editora me había invitado a una presentación. Charo Fierro había emprendido la publicación de El Dilema de Paola con un inesperado entusiasmo. Su gesto, marcado por un prolongado contacto con la poesía, había provocado una inmediata conexión. Como si entrase por primera vez en un salón del París fin-de-siècle, no me pude sustraer a la alegre complicidad de su mirada.

Te va a encantar, querido, dijo al presentarme a Charles Olsen. La nave convertida en centro de street art se empezaba a llenar. El poeta, un neozelandés del que surgían versos en un cristalino castellano me hizo pensar en un rito oracular. Una mirada efébica, ambigua, y la larga melena le suspendían sobre la multitud.

Watteau, Capitulaciones de boda y baile campestre 5 def

Es una criatura maravillosa, repetían en las presentaciones. Su novia, terrenal, describía su búsqueda poética en la ceremonia de tender la ropa cuando una chica que no debía de pasar los veinte se acercó a mí. Tu look está un poco desajustado, dijo con naturalidad. ¿Quién eres?

No soy una criatura maravillosa, contesté con una sonrisa.

Rio, divertida. Tenía un cierto parentesco angélico con el poeta. Su figura, etérea, solo se materializaba en sus labios.

¿Sois familia?, pregunté.

No, soy modelo, contestó. Pensé que aquella respuesta tenía validez universal.

La madre del poeta, cantante lírica, entonaba una canción maorí. El timbre cálido de su voz llenó la nave de una singular belleza.

Satisfecho en mi desajuste, miré a mi alrededor y fui consciente de que Watteau y los yaks habían logrado borrar la oscuridad. ¿Es necesario irse tan lejos?, me había preguntado mi madre. A veces sí, contesté.

La aparición de labios rojos afirmó su presencia con un leve roce.

Antoine watteau, Capitulaciones de boda y baile campestre


Plan Cósimo


Constanza y Cósimo comen en Matteo, un puesto del mercado de la Paz, en el barrio de Salamanca, entre cuyas mesas, a la hora del almuerzo, no cabe un alfiler.  Al margen del encanto de comer rodeado de fruta, pescado y quesos, la cocina es excepcional. Fantásticas las alcachofas fritas, los ravioli, el pesto y el tiramisú. Charles Olsen existe. Este polifacético artista aterrizado en Lavapiés escribe una poesía que trasciende su inglés materno en Antípodas, un poemario en el que lo cotidiano alza el vuelo. Y, por supuesto, El Dilema de Paola también es real, y saldrá a la venta el 16 de mayo.

rrss_generico_16M

Créditos: Capitulaciones de boda y baile campestre, Antoine Watteau, Museo Nacional del Prado, Madrid


COMPARTIR

SUSCRÍBETE VÍA EMAIL

Lo último en Cosimo

Sígueme en facebook