2 octubre 2013

La cámara de las maravillas

¿No es toda obra de arte en un museo belleza encerrada? Por definición, un museo es un conjunto de piezas cautivas y desubicadas. La vida para la que fueron concebidas, en la capilla de una iglesia, en una cámara o en un salón, les ha sido arrebatada. En las salas yacen ante el vacío, rodeadas de extraños compañeros.

Hay toda una corriente que, partiendo del 68, anatemizó al museo como una muestra de poder de la clase burguesa. Yo, afortunadamente, nunca me encontré entre ellos. Como una biblioteca, un museo es para mí un lugar de reflexión y contemplación.

Sin el ruido y las distracciones de las muchedumbres y los tour operators (estoy siendo elitista, lo sé) en un museo es fácil establecer una relación directa y personal con una obra. Porque en un museo las obras están desnudas, sin la protección que les ofrecían sus entornos originales.

Habiendo convivido siempre en mi propia casa con obras de arte para mí es esencial establecer un vínculo. Quiero que el arte me sorprenda, que me hable. Quiero una Wunderkammer, una cámara de las maravillas. En ellas, durante los siglos XVI y XVII se acumulaban objetos insólitos del mundo natural y del arte. Fueron célebres la de Rodolfo II en Hrandcany y la de Fernando II en Ambras. En la época de los descubrimientos, la de Felipe II no tuvo competencia.

Más tarde la cámara se convirtió en galería. El Zwinger de Dresde y la Galería del Palazzo Colonna en Roma son ejemplos de una voluntad de epatar con imágenes. No nos engañemos, el arte siempre ha sido símbolo de status. Cámaras, galerías y colecciones hablan del buen gusto y prosperidad de su dueño.

Pero llegó la revolución. 1793 es la fecha. Se funda el Louvre, primer museo público. La belleza, menos encerrada. Cualquiera puede entrar en sus galerías y contemplar. En Londres, la Dulwich Gallery es el primer edificio creado ex profeso para albergar una colección abierta al público.

De templo del arte a espacio-espectáculo, el museo ha experimentado una radical transformación a lo largo del siglo veinte. Pero a mí me sigue gustando lo auténtico. Quizás por eso las Galerías Capitolinas siguen siendo mis favoritas. La museografía, que mantiene las pautas del XVIII, es única.

Y quizás por eso me guste el Altes Museum de Chipperfield, que ha sabido convertir en modernidad la dilapidada decadencia del edificio. Caí rendido ante el Sol de Olaffur Eliasson en la Engine Room de la Tate Modern y ante el provocado dialogo entre Bacon y Caravaggio en la Galleria Borghese. Es la suerte de ser  un ecléctico.

Y la belleza, ¿dónde queda? Donde te asalta, donde hace saltar una lágrima, donde apela a una memoria olvidada. ¿Encerrada? Quizás. Pero, ¿qué importa si alcanza el corazón?

Imagen: Cabinet de curiosités, Domenico Remps, 1690

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